22 sept. 2009

Suéltame pasado

José Rilla
http://www.108.com.uy

Todas las campañas electorales remiten al pasado. Esta es una característica de la política más que de las campañas, y tiene un alcance mayor al que pretenden darle los candidatos y sus partidos. Siempre hacemos política desde una circunstancia que es histórica, que nos coloca en el tiempo; en un presente que contiene al pasado y al futuro. Sin embargo, de la política nace también la ilusión de que es posible hablar del futuro prescindiendo del pasado. El desengaño es rápido, pero cada tanto resurge la pretensión de colocarse en una hora cero en la que todo empieza con nosotros.

Dicho esto cabe sin embargo mirar la campaña electoral en curso desde otra perspectiva. Digamos primero que es todo bastante pobre y que de esa pobreza son responsables, en términos generales, la dirigencia política, el periodismo, y la ciudadanía. Dentro de ese triángulo se juega casi todo: los candidatos prefieren una definición por la negativa (yo no soy como…), muchos periodistas excitan la competencia fácil y también negativa (el señor tal dijo de usted tal cosa: ¿qué responde?”) y los ciudadanos caemos en la pendiente que exige cada vez menos argumentos y contempla el conjunto, cada vez más, como si todo fuera apenas un espectáculo (¿viste lo que le dijo? ¡Qué bien que le pegó!). La ausencia de debates beneficia con buenas razones estratégicas a los que van ganando, pero dañan al ciudadano que tampoco sanciona a los remisos. Para colmo, los politólogos aclaran que un debate no cambia mucho el voto, como si lo único importante de una campaña fuera el resultado final. En la democracia, como lo enseñan muchos especialistas del mundo, importan mucho los argumentos, las razones públicamente explicadas, el lenguaje de la persuasión. Aunque cada uno se mantenga en sus trece sabrá mejor porqué lo hace.

Esta pobreza generalizada convoca a un uso del pasado especialmente ambiguo. Prometo el olvido pero amenazo con el recuerdo. Puedo hacerlo porque la exigencia del torneo es baja.

Hubo un día en que los dos mayores contendores, Mujica y Lacalle, parecían abrazar a la vez el deseo ilusorio de no hablar del pasado -ya fuera el de la violencia política o de la corrupción- por el que ambos eran respectivamente acusados. Una tregua con el tiempo que pone en evidencia el cultivo de una idea equivocada y algo elitista: el tiempo (el recuerdo, la memoria, la historia, que no son la misma cosa) es algo que desde el presente hacemos con el pasado y que el pasado hace con nosotros; el tiempo transcurrido en común no tiene un dueño que pueda darle un sentido; nadie puede mandar sobre el pasado como si fuera su patrimonio y no parte de él.

Un ex guerrillero y ex ministro, en absoluto principiante como el senador Bonomi exhibe el reflejo del quien sabe amenazar: “si empiezan a hacer campaña con el pasado, entonces nos sentimos libres para responder con lo que nos parezca”. Por su parte el ex presidente Luis A. Lacalle reacciona contra los hurgadores del (su) pasado devolviendo -con una leve distorsión- otro pasado: “A mí de un grupo de asesinos, torturadores y ladrones como el MPP nada me sorprende.” Traducido en los términos más generales todo esto equivale a decir que pasamos frívolamente de la ilusión de la amnesia al pasado como prisión: no hay novedad, cada uno es solo su pasado; neguemos pues al otro el derecho a reinventarse. Suma cero.

La batalla por el pasado es una lucha por encontrar en él un sentido al presente y al futuro. No es una pugna científica, o más modestamente, una construcción racional y metódica. Forma parte mucho más de la política que de la ciencia histórica, lo que no quiere decir en modo alguno que la segunda sea mejor que la primera.