4 nov. 2010

El Oscuro Pasajero: Cuento breve


“¿tienes miedo?”
Siempre me pregunta eso, siempre le respondo que no, pero siempre me lo vuelve a preguntar, casi esperando que recapacite, que admita mi temor y me debilite ante sus cuestionamientos.
            No diré cómo nos conocimos, solo sé que un día ella ya estaba ahí y yo era feliz; pero como toda sensación, la felicidad es un estado pasajero que se terminó como llegó. Su nombre no lo diré, porque nunca se lo pregunté, y si me lo dijo, jamás me interesó recordarlo, porque los nombres solo nos condicionan a limitar las sensaciones a un conjunto de letras, ¿No decía el Bardo que una rosa seguiría siendo hermosa aunque no se llamara rosa?
            Sucedió en viernes, estábamos callados, viviendo esos silencios que solo se dan entre personas que ya se dijeron todo y solo quedan secretos entre ellos que ninguno se atreve a decir.
            --Moriré en dos horas.
            --¿Perdón?
            --ya te dije, moriré en una hora y cincuenta y nueve minutos.
            --¿por qué?
            --porque siempre me ha gustado ser yo la que decida la hora de mi muerte y he decidido que sea en una hora y cincuenta y nueve minutos.
            --¿puedo persuadirte de que no lo hagas?
            --no, porque entonces harías la función de Dios a quitarme el privilegio de elegir cuándo muero.
            --Solo lo postergaría.
            --Dios obra de formas misteriosas, a veces solo posterga las cosas.
            Se levantó,  yo ya estaba acostumbrado a seguirla con la mirada, semidesnuda caminó hacia la cocina mientras yo trataba de adivinar si estaba dispuesta a tener intimidad humana como último rito antes de morir. Regresó con una botella de vino y se sentó a mi lado pasándomela sin dirigirme la mirada.
            Tomé de la botella y le pregunté
            --¿por qué quieres morir hoy?
            --no sé, estoy aburrida, eso quiere decir que ya no me satisfacen las cosas pequeñas, y las cosas grandes no las alcanzaré, ya no me queda nada.
            --Quedo yo.
            --No, tú también morirás, tal vez en unos meses o años, pero morirás, al final tu existencia como justificación de mi vida es solo una postergación más, como lo es todo al final.
            Tomó de la botella y me miró, me besó como si nada hubiera pasado y bajó su mano hacia la fuente de mi virilidad, que respondió al instante con la palidez natural; le quité la poca ropa que le quedaba y la recosté en el suelo.
            --Una hora y cuarenta y cinco minutos.
            --Una eternidad para dos amantes.
            --Soy una prostituta.
            --eres una santa.
            --Soy el eterno femenino.
            --Eres mi Virgen María
            --soy tu María Magdalena.
            --Eres mi Salomé.
            --Soy tu Dalila.
            --Hagamos un homúnculo.
            --Despiértame la serpiente Kundalini.
            --Reniega de Cristo.
            --Abraza la fe!
            --Mátame!
            --Dame vida!
            --Mi Beatriz!
            --Rescátame del paraíso!
            --Toma mi semilla!
            --quiero tener tu aborto!
            Terminamos, arrodillados uno al otro, sudorosos, agitados, con tres “s” en nuestras frentes.
            --una hora treinta minutos.
            --Un instante para quienes piensan en la eternidad.
            Se levantó, se vistió, traté de decirle algo y me calló poniendo un dedo en mi boca.
            --no puedo tapar el Sol, pero aún puedo tapar tu corazón.
            --Una hora.
            --Una hora  que tendrá menos minutos.
            FIN…