13 dic. 2010

Mundo Cogtazá: Diez años de destierro


Existe algo raro que obliga a todos los que pertenecemos a la sociedad occidental a sentirnos cómodos cuando leemos a un autor francés. Luego de pasar algunos días releyendo una que otro libro dedicado principalmente a las teorías conspirativas (principalmente EL péndulo de Foucault de Umberto Eco y Amos de Mundo de Juan Carlos Castillón) me topé con que se repetían los personajes clásicos de las conspiraciones, ya saben, jesuitas, judíos, masones y templario. Pero también con puntos coincidentes que marcan el origen de “la gran conjura” (así llamada por algunos críticos de la teoría de la conspiración).
            La Gran Conjura consiste en una conspiración de proporciones globales que se inicia con la revolución francesa; los teóricos de la conspiración parten de que ahí comenzó todo (qué comenzó y para qué depende del teórico en turno).
             Todo esto para sentir que sería necesario retomar mis lecturas del periodo revolucionario francés, luego de releer qué es el Tercer Estado de Sieyes, decidí mirar la visión de los que miraron en la Revolución Francesa un ideal corrompido.  Bonaparte es para mí tal vez el personaje histórico más fascinante que conozco, no solo por su imperante maquiavelismo para mantener contentos a monarquitas y republicanos, sino porque fue el primer y último déspota ilustrado nación de la Revolución Francesa.
            Defenestrado por muchos, me decidí a leer las memorias de Madame de Staël tituladas Diez años de destierro que narran su exilio de París en el momento en que Bonaparte es nombrado Primer Cónsul.
            Madame de Staël es hija de Necker, quien no necesita presentaciones para quienes conocen la historia de Francia, pero para quienes no, pues igual no diré nada porque en ese caso no conocen siquiera nada de Bonaparte.
            La mejor manera de confirmar tus ideas es mirar de forma abierta y critica a los detractores de las mismas. Staël odia a Napoleón, pero un odio irracional, sin oportunidad de hacer concesiones, Bonaparte es un cruel dictador, un Atila que elimina toda la libertad, el verdadero y único enemigo de la revolución. Staël, como víctima del germen de la individualidad, cree que es a ella y solo a ella a quien persiguen, que Bonaparte cerrará cada puerta, frontera y puerto en Europa con tal de destruir a la pobre perseguida.
            Aunque el destierro ordenado por Bonaparte tampoco tiene justificación (la autora alude más que nada a una historia de Alemania que ella escribe en la que Francia no aparece, omisión usada por Napoleón para acusar de traidora). Su recorrido va desde las afueras de París a Suiza, donde se encuentra con su padre, pero como Suiza ahora está bajo protectorado francés, tiene que salir, su objetivo es Inglaterra, para la cual tendrá que rodear todo el continente y pasar una gran estancia en Rusia.
            Es en Rusia donde veo que el argumento de de Staël se derrumba, como ahora el Zar es enemigo de Bonaparte es presentado como un caballero sabio y meditabundo que piensa antes de actuar, cargado de “Bondad y dignidad”(188), no como los  serviles monarcas de la Vieja Europa. Aunque admite el despotismo que existe en Rusia, para la autora todo eso huele a una libertad suprema comparada con Bonaparte; los elementos que hacen decadente a Europa hacen  grande a Rusia, es decir, el imperio total de los sacerdotes y los militares. Lo que en Europa es síntoma de atraso, en Rusia para Staël es el último elemento  de la libertad contra Bonaparte. Para de Staël, al entrar en Rusia, comparada con el resto de Europa “parece que se llega a una República” (152)
            Visión clásica de quien teme el progreso, Europa está en decadencia para la autora, la democracia, el fin de los privilegios de la aristocracia, el laicismo y el código civil, todos esos elementos hoy tan naturales, son el origen de la anarquía y los elementos que permitieron el nacimiento de un dictador.
            Aunque no llega a narrar su estancia en Inglaterra (de la que dice que fue su honestidad y caballerosidad la que evitó el influjo de la Revolución), debido a que muere durante el desarrollo de estas memorias. No le tocó la muerte del Corso, y como todos los emigrados, vivió con el temor de su posible retorno de Santa Helena.
            Un libro fácil de leer, sin muchas pretensiones (más que las de la misma autora empeñada en  reconocerse como una genio) que nos da una idea de lo que pensaban los enemigos de Napoleón dentro de la misma Francia y de cómo el pensamiento conservador lleva doscientos años agitando los mismos fantasmas.