17 jun. 2010

Ich bin ein Nerd: no lea esta reseña si es estúpido


El mundo de la literatura siempre está lleno de sorpresas, algunas veces nos topamos con joyas ocultas que por azares del destino llegan a nosotros sin tener la menor idea de por qué.
            Como ya he expresado con algunas otras narraciones, existen libros que más que querer leerlos, nos seleccionan para que nosotros lo hagamos sin ofrecernos tregua hasta terminarlos. Libros ocultos durante años en libreros de terceros o tiendas de libros usados. Esperando ser encontrados y codificados por las personas indicadas para el logro de una satisfacción intelectual o por placer meramente lúdico.
            Hace dos semanas, como un delirante regalo de la que escucha llegó a mis manos (después de un intenso debate en el que se me prohibió explícitamente y por razones perfectamente entendibles leer a otro autor) un tomo de cuentos de un autor inglés que, hasta este momento nunca había oído nombrar: Tibor Fischer y un libro llamado (en español) No apto para estúpidos.
            No haré un recuento de la biografía de este autor (en parte porque no tengo interés de hacerlo y en otra parte porque tampoco me la sé), pero sí una breve apreciación de su obra: es como si Irvine Welsh hubiera ido a Cambridge y estudiado filología, es decir, existe cierta empatía entre los personajes que viven no solo en mundos asociales, sino un rechazo total de la realidad en la que viven, rechazo directamente proporcional al deseo de formar parte de ese entramado social que es Inglaterra.
            Conforme a una breve serie de cuentos perfectamente narrados en un estilo pulcro y sobrio (qué pavada de crítica bien de culto) pero con personajes que tienen siempre una excentricidad, un delirio, un chip sobrecalentado o una tuerca fuera de lugar, algo que ellos a veces sí y a veces no, reconocen como locura o genio incomprendido.
            Buscar la quintaesencia del humor, leer todos los libros del mundo, tener unas vacaciones pagadas en Francia, reírse de los historiales de criminales fracasados, estas son algunos de los cuadros descritos en los relatos. Gente que no son parias en el sentido estricto de la palabra porque tampoco se les puede considerar en el eslabón más bajo de la sociedad, sin embargo, también son parias en el aspecto moral, alejados de todos lo socialmente aceptado para incurrir en los recovecos tal vez de la libertad, tal vez buscando una muerte no deseada, tal vez solamente creyendo que ese es el verdadero camino.
            Con un título sugerente (básicamente la traducción sería No lea este libro si es un estúpido) es una clara invitación a no solo decidirte leerlo, sino a jugar contigo en por qué sí o por qué no sería un estúpido. Tibor Fischer es lúdico, no quiere que leas el cuento y pásese al otro, quiere que te quedes pensando y casi sientas que en algunos aspectos habla de ti, quiere que precisamente no seas estúpido para poder entender cuál es ese mensaje codificado oculto no entre líneas, sino explícitamente en las líneas, solamente que un corto de miras no  podría comprender racionalmente (no sí, no tengo la menor idea). Que tus manías encajarían perfectamente en el texto, aunque tal vez no de manera tan explícita como la que narran los personajes es parte de lo que se goza en la lectura, no solo por las manías en sí, sino por reconocerlas e incluso racionalizarlas como algo inherente en tu ser.
            “el tragalibros” y “me gusta que me maten” son simplemente joyas narrativas que deberían permanecer intactas para aquellos que no tengan la capacidad mental de comprender el estilo de vida que representan. Y para eso, dejo un fragmento que no es más que una clara muestra del mejor método para salir airoso en cualquier discusión “intelectual”

Primero  decía alguna obviedad, para que se pensaran que tenían un público ante el que merecía la pena lucirse. Luego soltaba algo insospechado, para que se viera que no era un cualquiera, para causar asombro. Por último, decía algo que no sabía nadie, una alusión a un libro del que solo existían un par de ejemplares. Así les entraba auténtico pavor. Era fácil. A los especialistas en el XIX los desconcertaba centrándose en el XVIII; a los del XVIII, remitiéndose al XVII; y a los del XVII, abrumándolos con el XVI. Era fácil; para dejarlos perplejos bastaba con apartarse diez o quince años de su especialidad. Algunos sonreían aliviados y decían que no era su terreno. Pero ¿Cómo iban a entender a un escritor si ignoraba sus antecedentes? ¿Cómo iban a lograrlo si ignoraban qué leía y qué leían los escritores a los que leía? Cuando se refugiaban en su época, él iba y los machaba en su propio terreno para que se dieran cuenta de que no eran invulnerables. Por eso escribía reseñas.

El resto es historia.

16 jun. 2010

Cuento: vecino molesto

La historia comienza de la siguiente forma.
Dos hombres (o lo que se puede considerar hombres a un par de jóvenes de veinte años) encuentran un cuerpo tirado en un callejón cerca de su casa. Inmediatamente, una vez constatado de que no era a) un perro realmente feo o b) una muñeca inflable desechada por un hombre solitario que acaba de encontrar pareja. Pasada esta paradoja, se dan a la tarea de informar a las autoridades correspondientes; estas, conscientes de la novedad y relevancia de la noticia, se dan a la tarea de emitir una alarma nacional.
Resulta que los dos jóvenes de los que hablaba (quienes, funcionando solamente como desencadenantes de la trama, habrán desaparecido como personajes en los siguientes párrafos), lo que encontraron no fue un cuerpo común y corriente, sino que esa envoltura humana alguna vez tuvo el nombre de Juan Jaime Ortiz de Izurrieta, mejor conocido como el Secretario de Gobernación del gobierno federal y, por lo tanto, uno de los pilares que sostienen el poder ejecutivo en esta grande patria llamada Aztecalco.
La prensa no se hizo esperar y los llamados en televisión tratando de resolver este crimen de Estado se hicieron tan frecuentes como un argumento de telenovela política a la que con placer morboso nos entregamos prestos, la relación existente en estos casos es virtualmente considerable si se comprende que uno de los mayores gozos que tenemos es ver morir a otro, y si este otro fuese una figura relevante el placer se potencializa varias veces dependiendo del grado de importancia de la víctima.
Según los programas del corazón la muerte se debió seguramente a su romance con la ex vedette Marisela Juan Jiménez de Castro, ligada, como todas las ex vedettes, a un poderoso capo del narcotráfico, líder del Cartel de Teuchitlán.
Los analistas políticos se brincaron a la Vedette y asociaron casi paulatinamente al poderoso hombre al Cartel de San Juanico, región de tierra caliente donde las balas y los corridos son más comunes que la violencia intrafamiliar en Irlanda.
Otras lenguas, más versadas en la forma vipera del dialogo, se atrevieron a entreverar una larga conspiración que señala como principal autor intelectual del homicidio al mismísimo presidente de la nación que, en discursos de “Aztecalco está de luto” “he perdido a un amigo” se asoma un sutil “he aplastado a un rival político que a final de cuentas dependía de mí y era absurdo que lo tuviera que matar, solo bastaba despedirlo”
Mejores versiones atinaban que el mismísimo secretario de gobernación ahora finado y que en paz descanse se cepillaba a la primera dama del país que, ya con varias copas encima tenía la decencia de Madonna y él, nada perezoso, siempre le invitaba a charlar sobre la construcción de un proyecto nacional o la mar en coche, lo que importaba era tenerla sin que el primer mandatario (que de vicios son sus secretarias no era negado) se enterara.
Unos más especularon—arte milenario del imaginario popular—que era narco satánico por eso de que no comulgaba como siempre ante el altar de Dios Padre y se le veía siempre con una pata de conejo para la suerte—que de suerte solo el Diablo es maestro—.
Pero yo sé la verdad, yo sé por qué el segundo hombre del país fue encontrado muerto en un callejón. Lo sé por qué yo lo maté.
La verdad no tenía nada contra él, como paria de la sociedad siempre me vi a mí mismo como indiferente ante los acontecimientos que pasaran en el país. Al contrario, las pocas veces que lo traté en realidad me pareció una persona agradable. Del tipo que si lo vez sentado en un camión no te molesta compartir viaje con él, pero tampoco entablar conversación. Nada más verlos y ya.
El problema es que como todo hombre de moral intachable, la tenía llena de tachones, partes borradas y corrector esparcido en todo el texto. Había rentado el piso arriba de mi departamento bajo el nombre de Fray Juan de Zumárraga, por razones obvias el casero lo reconoció al instante y decidió jugar a que no lo hacía (aunque nunca supe si fue él directamente a rentar el lugar)
Pues bien, como sea, vivimos en una sociedad de paredes demasiado pequeñas y construcciones aburridísimas que en el afán de fomentar programas de vivienda usan materiales de la misma calidad de un radio de pilas chino comprado en un tianguis, te sirve, pero un rato y a la mínima cosa ya está roto.
La gente decía que el cuerpo tenía marcas de tortura y de bala, me deslindo de la tortura, no, nadie lo torturó, yo lo conozco y a ese tipo lo que le gustaba era estar hasta muy tarde con señoritas de dudosa moral a las que, gracias a la flexibilidad de nuestras paredes, pude escuchar cómo les pedía que jugaran al secuestro y al átame y pégame, pegáme y decíme Shirley como dice la canción.
La fragilidad de las paredes me hizo estresarme y casi desear matarlo, dicen que del dicho al hecho hay un gran trecho, pero a veces ese trecho no es más que una pared de tablaroca. Así que un día, en que la señorita primera dama acompañada de la hija del secretario de Hacienda salieron apresuradas con mascadas y lentes a las doce de la noche después de una “reunión del partido” en la casa del excelso inquisidor Fran Juan de Zumárraga. Subí y toqué la puerta.
Nuestro prócer, tal vez creyendo que la Primera Dama deseaba algo más de “reunión partidista” abrió con un rostro de cansancio, pero de esos cansancios que sabes que si aprietas la chispa adecuada, casi siempre en la pelvis, se encienden instantáneamente.
Obviamente no tenía intención de encender la chispa, al contrario, llegué decidido para hablar con él y pedirle humanamente que se vaya mucho a la mierda.
--Hola.
En cuanto dijo eso le asesté un golpe en el rostro de tal magnitud que la tragedia era inminente, así que entré y seguí golpeándolo, yo no hacía justicia social, tampoco era el caudillo que saciaba su odio contra el gobierno, solamente estaba golpeando a un hijo de puta que tenía tanto poder que se cepillaba a cualquier mujer, y no, no era por defender el honor de un género, sino pura y mera envidia de un pobre diablo cuya mejor noche de sábado era estar acompañado por imágenes pornográficas y una imaginación capaz de hacer que tales imágenes se mimeticen con otras imágenes de amigas que tengo. En pocas palabras, una madriza de ardido.
Agarré un cuchillo de la sala y lo clavé directamente en su cuello, miré la sangre brotar y brotar y brotar y brotar y brotar y brotar hasta que dejó de brotar. Pensé en las alternativas de mi futuro y cómo saldría de esta. Era fácil, el cabrón tenía tantos cadáveres en el armario que a nadie le interesaría especular mínimamente cuál de todos estos se le escapó. Y lo logré; el tipo era tan seguro de su posición que tenía videos, fotos, cartas, recuerditos de lencería, y una agradable dotación de drogas. Lo saqué todo y los esparcí en su sala, si alguien especulaba un poco llegaría una orden desde arriba dándole carpetazo al asunto, muerte natural y que Dios perdone a los pecadores.
Sé que funcionó porque dejé el cadáver en la sala y apareció desnudo en el callejón de al lado. Sé que funcionó porque hace dos semanas de esto y no han siquiera entrevistado a los vecinos. Sé que funcionó porque no se ha mencionado en ningún medio mi bufete de pruebas.
De todas formas no me importa, tengo mejores cosas en qué pensar, una de ellas es cambiar la tablaroca y poner algo que aísle el ruido, porque el vecino de abajo parece tener un gusto enfermizo por el reggaetón. Del prócer de Aztecalco no me preocupo, de eso hablan las revistas del corazón, además, no soy tonto, tengo mi seguro, si algo calienta la cosa, siempre guardaré ese video donde Juan Jaime Ortiz de Izurrieta, difunto Secretario de Gobernación, le mete todo su “presupuesto” a la hija del ahora candidato ganador a la Presidencia.
Pero primero lo primero, la tablaroca.

1 jun. 2010

La Guerra y la paz

“El poder es la suma de las voluntades de las masas que éstas, por un consentimiento expreso o tácito, transfieren a sus elegidos” estas son las palabras de Tolstoy en el segundo epilogo de La guerra y la paz, epilogo que más bien es un ensayo sobre la historia.
Al parecer (o en opinión de un servidor) este libro debería de leerse de atrás hacia delante, o, en su defecto convertir este epilogo en una especie de introducción ¿por qué? Cuando escribimos una introducción comúnmente es eso, introducir a lo que estamos a punto de leer. El texto de adentro de solo una justificación de lo que aseveramos en la introducción. En el caso de La Guerra y la Paz todo el libro es una justificación de las últimas veinte paginas.
Cuando terminé de leer tuve sentimientos encontrados. Primero tres de alegría: por fin acabé con 957 páginas (eso pesa y desespera); leí uno de los clásicos de la literatura universal y soy menos bruto que hace un mes. Pero también de tristeza: el capitulo de Austerlitz solo me gustó hasta el final, aunque la descripción de la campaña de 1812 es brillante, entramos en el error de explicar e interpretar. Es en la interpretación donde tengo mis dudas.
Antes que nada, deseo advertir que todo lo que voy a decir se basa en reflexiones personales, así que si incurro en un error de interpretación del libro de Tolstoy pues… están advertidos.

¿Comparar una de las grandes obras maestras de todos los tiempos con un libro de principios de los noventa?
Glamourama de Bret Easton Ellis lo divido en dos partes. LA guerra y la paz la divido en dos partes. En el libro de Ellis las primeras 500 paginas (de 800) son un desfile de banalidad, superfluidad y tedio, pero de ese tedio que es tan odioso que no dejas de leer esperando que pase lo que dice en la contraportada del libro. La promesa se cumple en la página 501, cuando todo cambia y comienza el Ellis reflexivo, crítico y mordaz de su generación que vimos en American Psycho.
Al parecido pasa con Tolstoy.

La novela de Tolstoy da inicio en 1804, el año en que Napoleón Bonaparte, Cónsul vitalicio de Francia pasa a ser Napoleón I, Emperador de los franceses.
El libro está divido en 15 partes y dos epílogos. En el segundo epilogo (y con esto regreso a la idea con la que inicié) es un ensayo sobre la historia y el motor de la misma. Para él, la historia es la suma de las voluntades humanas. Los grandes hombres solo son figuras sometidas al deseo de estas voluntades. Ellos no disparan las balas, ellos no marchan a la guerra y muy pocas veces están en el campo de batalla. Al contrario; en Tolstoy hay algo de Rosseau, en donde estas voluntades humanas delegan sus decisiones en un solo individuo, pero este hombre no actúa libremente, ya que siempre está sometido al inmutable designio de Dios, motor de la historia y de los hombres.
Las primeras 465 paginas son un cuadro de la nobleza de Moscú y San Petersburgo. Girando en torno a seis personajes principales: Pedro, Andrés, Nicolás, Natacha, María y Sonia. De estos, Pedro y Andrés son los que se llevan las palmas. Entre intrigas de corte vemos la vida de Rusia mientras a su alrededor suceden Austerlitz, Jena, Tilsit.




Hacia fines de 1811 se inició el armamento intensivo y la concentración de fuerzas en la Europa occidental, y en 1812 estas fuerzas, formadas por millones de hombres, incluyendo los encargados de los transportes y de los aprovisionamientos, avanzaron del oeste hacia el este con dirección a las fronteras rusas.
Así, sin más da inicio la novena parte del libro. Al final de la octava parte, uno, si no conociera la historia de Europa, no tendría idea de que esto iba a pasar. La octava parte termina con un cometa que anuncia calamidades, pero si yo hubiera leído esto hace 8 años jamás hubiera imaginado estas frases.
Desde la pagina 466 hasta la 879 la novela se convierte en un intenso drama humano sobre la naturaleza de la guerra, la motivación de esta. Todo un cuadro histórico de la Rusia de 1812, la Rusia que venció a el ejército más grande jamás visto. En estas páginas vemos pasar Borodino, Moscú, el incendio y la salida. La glorias de Napoleón se ven eclipsadas no por Alejandro I no Kutusov, sino por todo el pueblo ruso, la suma de sus voluntades que se enfrenta al Gran Corso.
Tolstoy, crítico de la Revolución Francesa dice que en 1789 en París surge un torbellino que solo busca matar, para él este torbellino debería de terminar en París con la abdicación de Napoleón. La guerra de 1812 no es la invasión de Francia a Rusia, sino la culminación de las Cruzadas, Occidente se arma para invadir Oriente; el viento revolucionario intenta pasar el Niemen, pero no puede, es detenido y por su soberbia da entrada al periodo conocido como “Reacción” o “Restauración”
Fácilmente se pude comenzar a leer el libro desde esta parte (que, por respeto al autor no lo recomiendo) y entender el sentido de la obra, ya que al igual que Glamourama, esta primera parte es tan solo una antesala de lo que va a suceder.
El conflicto no es entre Napoleón y Alejandro, no es entre Kutusov y Murat, no, es entre la verdadera voluntad de Dios plasmada en todas las voluntades individuales y el curso inalterable de la historia. Para Tolstoy las cosas debieron suceder, decir “se pudo cambiar si…” es decir “la historia se pudo someter a la acción de un solo individuo”. Completa herejía en una visión en la que todos somos parte de un curso ineludible (para él), el cual no podemos cambiarlo de manera individual (Carlyle y Hegel se retorcerían en su tumba al oír esto. Aunque si yo estuviera muerto también me retorcería).

Tolstoy me agrada como novelista (aunque si de rusos hablamos, Dostoievski es mejor); me agrada como narrador de un drama humano, pero sus opiniones sobre el curso de la historia son para mí algo debatibles.
Primero: presenta a Napoleón como un amoral que incluso era más ignorante y con menos espíritu que sus contemporáneos. Aparece no como un hombre, sino como la bestia de los evangelios (Pedro hace una curiosa interpretación del Apocalipsis y Napoleón) destinado a fracasar por la voluntad del pueblo ruso.
Hoy sabemos que Napoleón invade Rusia no por soberbia o ambición, sino para presionar a Alejandro a ratificar una paz que el monarca ruso ignoró en Polonia y al abrirle los puertos a Inglaterra. De igual manera Napoleón pasa a la historia como el primer, último y verdadero déspota ilustrado del mundo. El código napoleónico se extendió más que la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Cuando llegó a Moscú una de las primeras directrices que hizo fue la redacción de una Constitución para Rusia (cosa que Tolstoy menciona solo de paso). ¿El pueblo ruso? Sí, sí atacó en escaramuzas, pero el que devastó a la mayoría del ejército de Bonaparte fue el frio. Así como Víctor Hugo peca de Francofilia, Tolstoy peca de cosaquismo.
Segundo: Alejandro I aparece como un soberano sabio, decente, honesto y prudente. Todos los errores de su reinado y sobre todo los cometidos durante Austerlitz y la campaña de 1812 fueron por obra de sus generales o por ignorar sus órdenes. Los decembristas deben fracasar y la Reacción era necesaria para el bien de Occidente; solo un pueblo y monarca de oriente pueden cumplir esa misión.
¿Es una buena y noble misión ser el representante del despotismo? ¿Es buena y noble misión mantener atrasado tu pueblo y crear la Santa Alianza? ¿Es buena y noble misión huir del campo de batalla y delegar las responsabilidades a otros? ¿Es buena y noble misión restaurar a Luís XVIII en Francia e ignorar que alguna vez hubo una Revolución? Lo dudo.
Tercero: Kutusov no es el general que abandona Moscú ante los ejércitos invasores, sino que es un sabio e incomprendido general que advierte el desastre de Austerlitz; que sabe que Borodino fue el triunfo máximo sobre Francia. Para Tolstoy él no ordena el fuego de Moscú, sino que fueron los arrogantes franceses que marcaron su ruina. En la novela se convierte en el salvador de Rusia sin que los demás se den cuenta.
La batalla de Borodino es presentada por Tolstoy como un triunfo ruso, pero Thiers la presenta como un triunfo francés. En realidad nadie ganó, simplemente los dos ejércitos perdieron tanta gente que terminaron la batalla y se proclamaron vencedores. El incendio de Moscú de hecho sí es ordenado por Kutusov, asimismo el incendio de todos los poblados por donde los franceses pasen para no abastecerlos.
Por estos tres asuntos critico la novela en su interpretación de los hechos, pero la elogio por la descripción de los mismos (con el grave error de datar Austerlitz el 20 de noviembre), pero este servidor (un posmodernista mexicano del siglo XXI) no es nadie para juzgarlo (un realista ruso del siglo XIX).
Para los que deseen una visión más divertida y un poco más crítica de la campaña de 1812, más fácil y rápida de leer les recomiendo La sombra del Águila de Reverte A fin de cuentas Tolstoy es Tolstoy y Lucas es Lucas. El resto es historia.