31 may. 2011

así debió terminar: rojo y negro


 La mañana que Julian Sorel despertó y comprendió que nada había pasado, notó que algo había cambiado en su interior, progresivamente una fuerza casi vital que nacía en su interior lo arrastró a la intempestiva necesidad de replantearse la forma en la que habían transcurrido las cosas en su vida. Puede que solamente su consideración habría sucumbido a los espíritus de la realidad, pero era de manifiesto claro que algo había cambiado en el señor Sorel.
             “¿cuál es, Dios traidor, el destino que me otorgas?” Clamaba en su prisión, atormentado por las ideas de libertad, por cuya vida habría dado, así como por Bonaparte, caudillo celeste que enarbolaba los principios de la libertad consagrada con el absolutismo, la fórmula final para el bien público. Sorel se repleanteaba la salida a sus fantasías que le habrían alejado del favor las virtudes de Madame de Renal, “oh, padre mío ¿por qué me castigas? ¿acaso hay peor castigo el pasar la eternidad en los infiernos sin el favor de su amada” se decía Sorel  de la misma forma en la que se cuestionaba los boletines de la grande armée, no quedaba tiempo, era el día,  replantear si seguir con los designios del Gran Arquitecto del Universo o consagrar su vida  a la indiferencia de ejercer las artes liberales.
            Como  Aquiles en plena cólera, se decidió por no morir, y al final, Julian Sorel vivió Feliz, a Stendhal lo recuerdan por su Cartuja, pero de rojo y negro ni los anarquistas se acuerdan.