30 mar. 2011

Mungdo Cogtazá: 1Q84


Leer a Murakami siempre es una experiencia agridulce. En realidad no se explica por qué le gusta a uno, en un cierto sentido las historias no rayan en la originalidad (y al mismo tiempo la rebasan), tampoco tienen personajes psicológicamente atrayentes (y siempre van más allá). Cuando uno toma un libro X de este autor, en realidad se aburre a las primeras páginas, pero algo de ese tedio narrado produce cierta inconformidad con que eso sea lo único que pasa; uno decide seguir con la lectura esperando que suceda algo interesante.
            En este sentido el autor que más se le parecería es Stephen King, las novelas de King son relativamente historias aburridas de personas aburridas que de repente pasa algo inexplicable que altera esa cotidianeidad. El caso de Murakami es similar, vida de personas comunes y corrientes que les pasan cosas nada comunes y nada corrientes.
            Acabo de terminar 1Q84, la acabo de terminar y en realidad no creo terminarla en un buen tiempo. El caso es éste, el autor japonés editó una gran historia llamada 1Q84 en tres volúmenes en Japón, pero por una broma cargada de malicia, la edición española e inglesa solo cuenta con los libros 1 y 2. Es decir, si bien la historia es redonda y culmina como debe de culminar, quedan ciertos cabos sueltos (y de carácter importante para la historia) que no se resuelven, y que hipotéticamente tendrían que encontrarse en la resolución final del libro 3. Libro que aún no ha sido traducido. Si obviamos ese “problema” que puede ser fácilmente obviado, nos podemos adentrar en la novela.
            La historia comienza cuando termina 1984, en realidad transcurre en 1984, pero para los personajes 1984 desaparece, se convierte en una versión amorfa de lo que es 1984, el mismo año, pero con elementos que no pertenecen a este. La vida de dos personas, Aomame y Tengo (el libro se divide en parte y parte, donde la mitad de la historia es narrada por Aomame y la otra mitad por Tengo). Aomame es una asesina a sueldo que mata a esposos que abusas de sus parejas y Tengo un aspirante a novelista que carece de ambiciones. Los dos tratan de vivir vidas solitarias y monótonas, pero una serie de detalles al principios irrelevantes, los irán adentrando en una realidad que es su realidad pero que ha cambiado; 1984 se convierte en  una fantasía y los protagonistas se adentran en un mundo que bautizarán como 1Q84.
            1Q84 inicia cuando a Tengo se le encarga adaptar un texto escrito por una adolescente titulado La crisálida del aire, novela de fantasía de una pequeña niña y su relación con la Lítel Pípol, unos diminutos seres sin origen aparente ni un fin explicado en su totalidad; paralelamente, a Amomame se le encarga acabar con el líder de una secta religiosa que guarda una macabra relación con el mundo que ha dejado de ser.
            En un escenario en el que la religión y la ciencia comparten habitación, al mismo tiempo que el terror y la cotidianeidad se debaten entre quién controlará la vida de los protagonistas.
            Murakami es un autor rico en detalles, se lleva una página en narrar una escena que en la mente no requiere más de dos renglones, pero parte de su fuerza radica en esa forma de describir con naturalidad la vida de la gente, y sí, no diré esa pedantería de intelectuales tipo “lo hace uno viajar al mundo que describe” (separen, una novela por mejor escrita que esté, no puede hacerlo a uno sentir cosas). Lo que sí provoca es interés en saber qué se narra, añadiendo retoques de erudición dentro de las conversaciones (como sucede en una charla normal, se habla y se aprende, pero nunca se aprende demasiado como para parecer mentira).
            De cierta forma 1Q84 no tiene tintes orwellianos, pero relativamente existe cierta figura de Orwell flotando en la narración, la idea de que el Gran Hermano se traduce en cierta sensación de asfixia entre los protagonistas, todos se sienten vigilados pero ninguno logra conocer al que lo hace. Vivir en un mundo en el que te sabes observado,  invadido, del que no te puedes escapar. Al mismo tiempo adentrarte en ciertos mecanismos de resistencia, cometer crimentales y reescribir el pasado a cada paso.
            Cierro filas con los críticos al decir que esta es la mejor obra del autor, lo sé, realmente no la he terminado (hasta que no se le hinche traducir a alguien el libro 3). Pero por lo menos ya puedo sentarme a mirar la luna y esperar a que sean dos. El resto es historia.

29 mar. 2011

El Oscuro Pasajero: Acuerdo de cobertura a medias


Oficialmente sigo escribiendo, pero desde hace mas de un mes que no toco el teclado para emitir alguna opinión. De cierta forma, tampoco es que haya creado un vacio en sus bandejas de entrada que un FW: no pueda satisfacer (a estas alturas las amenazas de que Hotmail va a cobrar son tantas que la solución a todos los males es darle FW: ).
            Como todos habrán visto, el mundo de la noche a la mañana se volvió una reverenda mierda, no es que no lo haya sido antes o que no lo vaya a ser después, pero en fracción de pocos días vimos una guerra y un terremoto juntitos pero no revueltitos.
             Lo de Libia de cierta forma era de esperarse, digo, por más protestas que haya por una intervención, creo que a Gadafi se le ofrecieron bastantes salidas alternativas; la gente reclama por qué la OTAN interviene en Libia pero no en otros lugares, ¿Por qué no Egipto, por qué no Túnez, por qué no Siria, por qué no Marruecos? Ok,  eso se debe simplemente a cuestión de tiempo, el laissez faire  de la política de Obama es dejar que otros hagan las cosas y èl sentirse “consternado” y “pendiente de los derechos humanos”. El problema es que Gadafi impidió que el curso de las “revoluciones de Jazmín”  siguiera su cause, alteró el chi y el feng shui  medioriental y de golpe ordenó el bombardeo a los manifestantes, añadiendo a esto el delirio conspiranoide propio de presidente venezolano en el que Al-Qaeda estaba detrás de todo drogando a los suceptibles jóvenes, discurso que, una vez dada la resolución de la ONU se convirtió en una defensa de la soberanía del tercer mundo contra las agresiones de las antiguas potencias coloniales y el neoimperialismo que solo lleva a someter a sus dictados la soberanía libia, altos al fuego que resultaban mentiras y una irrealidad en la que se movía el mandatario libio ¿en serio, aùn así consideran disparatada una intervención? En lo personal esto tiene las reminiscencias de la primera guerra del Golfo, una intervención no deseada, pero justificada en el plano geopolítico.
            Aunque nada es gratis en la vida, y el chi alterado tuvo su balance, si Occidente interviene en un país relativamente pobre (digo relativamente porque para el momento de la intervención Libia era el país màs prospero de África con un PIB similar al de México).  En ese caso, el balance cósmico se la cobró con la tercera economía global y se llevó a Japón a la mismísima mierda. Terremoto, tsunami y alerta nuclear, todo en un día. Algunos creen que Godzilla planeó el golpe maestro, otros que en realidad fue el DARPA americano, yo en lo personal me atrevo a pensar que fue algo llamado placas tectónicas. La crisis de Japón, que dejó 11 mil muertos y como primer victima a los democristianos alemanes que acaban de perder su primer Estado frente a los verdes y llevado a Merkel a revalorizar todo el programa nuclear. Asimismo como de la noche a la mañana todos somos expertos nucleares (¿no odian a esos teóricos de wikipedia que con dos o tres artículos leídos se abrogan el derecho de ser expertos en tal o cual materia?).
            En México lo de siempre, tensiones diplomáticas con EEUU que culminan en todo bien con nuestro vecino del norte y un reciente brote de Influenza H1N1; eso sí, el tema de titular es una consulta ciudadana que todos los actores políticos reconocen como legitima pero que van a rechazar los resultados si no van según sus miras (dígase el FAP). Por otro lado, no es tema relevante la ley mordaza o moción de autocensura que acaban de firmar los principales medios. Lo que el Estado no pudo cuando lo propuso, Televisa y TvAzteca lo lograron (la pregunta está en si a cambio de esto exigieron cierto apoyo ante su conflicto con Grupo CARSO) Algunos dicen que es benéfica porque sirve para limitar el amarillismo y la defensa de la profesión, ok, tiene algunos puntos que van encaminados a eso, pero esos son puntos de sentido común, leyendo bien los puntos lo que resalta es que entre líneas se entiende que quienes firmen tal acuerdo tienen el compromiso de respaldar al Estado en su… no sé, con eso de que ya no es guerra, llamemoles “diferendos con el narco”, fácil es mirar y descubrir que no existe punto referente a los títulos rimbombantes o la violencia gráfica (las cosas que entenndemos como amarillismo).
            Los puntos 1, 2 y 10 de este acuerdo son los más resaltantes, porque parten de la lógica maniquea de “estas contra ellos o contra mí” el análisis de las causas, las criticas al Estado, o darle voz al “otro bando” se convierten automáticamente es traiciones al ejercicio periodístico; dentro de la lógica estatal la ética consiste en crear culpables, si un hombre elige el camino del “mal” porque las condiciones socioeconómicas lo orillaron a tal contexto, él será intrínsecamente malo porque es malo, indagar en por qué elige este tipo de vida podría ser un atentado al ejercicio periodístico. Ver al Mayo zambada junto a Julio Scherer o una entrevista telefónica de Carmen Aristegui con la Tuta son violaciones al código de un comunicador, porque ahora es sine qua non el ejercicio unilateral de la información, llamando “mezquinos” a aquellos medios que no formaron parte del acuerdo.
            Este decálogo, que cierra filas frente al Estado Mexicano se quiere defender con las reminiscencias de un acuerdo similar firmado en Colombia  hace unos años, más el México de hoy no es la Colombia de ayer, y (Alá me libre) esperemos que no sea nunca.
            Mientras que los medios se deshacen por buscar “presuntos culpables” (el Padre Amaro de los documentales, película con más polémica que calidad), ahora cuentan con armas para callar a Francia y condenar, ahora sí, a todas las injurias a Florence Cassez (que luego de ver la película ante mencionada, en nadie nació el ejercicio de autocrítica y se preguntó que tan regular fue el proceso de la francesa). En fin, en esas está el mundo. Yo, en lo personal, prefiero una novela de Kafka. El resto es historia.

28 mar. 2011

"El pueblo de los gatos"


"El joven viajaba solo, a su gusto, con una única maleta como equipaje. No tenía un destino. Se subía al tren, viajaba y, cuando encontraba un lugar que le atraía, se apeaba. Buscaba alojamiento, visitaba el pueblo y permanecía allí cuanto quería. Si se hartaba, volvía a subirse al tren. Así era como pasaba siempre sus vacaciones.
Desde la ventana del tren se veía un hermoso río serpenteante, a lo largo del cual se extendían elegantes colinas verdes. En la falda de aquellas colinas había un pueblecillo en el que se respiraba un ambiente de calma. Tenía un viejo puente de piedra. Aquel paisaje lo cautivó. Allí quizá podría probar deliciosos platos de trucha de arroyo. Cuando el tren se detuvo en la estación, el joven se apeó con su maleta. Ningún otro pasajero se bajó allí. El tren partió inmediatamente después de que se hubiera bajado.
En la estación no había empleados. Debía ser una estación poco transitada. El joven atravesó el puente de piedra y caminó hasta el pueblo. Estaba completamente en silencio. No se veía a nadie. Todos los comercios tenían las persianas bajadas y en el ayuntamiento no había ni un alma. En la recepción del único hotel del pueblo tampoco había nadie. Llamó al timbre, pero nadie acudió. Parecía un pueblo deshabitado. A lo mejor todos estaban echando la siesta. Pero todavía eran las diez y media de la mañana. Demasiado temprano para echar una siesta. O quizá, por algun motivo, la gente había abandonado el pueblo y se había marchado. En cualquier caso, hasta la mañana siguiente no llegaría el próximo tren, así que no le quedaba más remedio que pasar allí la noche. Para matar el tiempo, se paseó por el pueblo sin rumbo fijo.
Pero en realidad aquél era el pueblo de los gatos. Cuando el sol se ponía, numerosos gatos atravesaban el puente de piedra y acudían a la ciudad. Gatos de diferentes tamaños y diferentes especies. Aunque más grandes que un gato normal, seguían siendo gatos. Sorprendido al ver aquello, el joven subió deprisa al campanario que había en medio del pueblo y se escondió. Como si fuera algo rutinario, los gatos abrieron las persianas de las tiendas, o se sentaron delante de los escritorios del ayuntamiento, y cada uno empezó su trabajo. Al cabo de un rato, un grupo aún más numeroso de gatos atravesó el puente y fue a la ciudad. Unos entraban en los comercios y hacían la compra, iban al ayuntamiento y despachaban papeleo burocrático o comían en el restaurante del hotel. Otros bebían cerveza en las tabernas y cantaban alegres canciones gatunas. Unos tocaban el acordeón y otros bailaban al compás. Al poseer visión nocturna, apenas necesitaban luz, pero gracias a que aquella noche la luna llena iluminaba hasta el último rincón del pueblo, el joven pudo observarlo todo desde lo alto del campanario. Cerca del amanecer, los gatos cerraron las tiendas, ultimaron sus respectivos trabajos y ocupaciones y fueron regresando a su lugar de origen atravesando el puente.
Al amanecer los gatos ya se habían ido y el pueblo se había quedado desierto de nuevo, entonces el joven bajó, se metió en una cama del hotel y durmió todo cuanto quiso. Cuando le entró el hambre, se comió el pan y el pescado que habían sobrado en la cocina del hotel. Luego, cuando a su alrededor todo empezó a oscurecer, volvió a esconderse en lo alto del campanario y observó hasta el albor el comportamiento de los gatos. El tren paraba en la estación antes del mediodía y antes del atardecer. Si se subía en el de la mañana, podría continuar su viaje, y si se subía en el de la tarde, podría regresar al lugar del que procedía. Ningún pasajero se apeaba ni nadie cogía el tren en aquella estación. Y sin embargo el ferrocarril siempre se detenía cumplidamente y partía un minuto después. Por lo tanto, si así lo deseara, podría subirse al tren y abandonar el pueblo de los gatos en cualquier momento. Pero no quiso. Era joven, sentía una profunda curiosidad y estaba lleno de ambición y de ganas de vivir aventuras. Deseaba seguir observando aquel enigmático pueblo de los gatos. Quería saber, si era posible, desde cuándo habían ocupado los gatos aquel pueblo, cómo funcionaba el pueblo y qué demonios hacían ahí aquellos animales. Nadie más, aparte de él, debía haber sido testigo de aquel misterioso espectáculo.
A la tercera noche, se armó cierto revuelo en la plaza que había bajo el campanario. «¿Qué es eso ¿No os huele a humano?», soltó uno de los gatos. «Pues ahora que lo dices, últimamente tengo la impresión de que huele raro», asintió olfateando uno de ellos. «La verdad es que yo también lo he notado», añadió otro. «¡Qué raro! Porque no creo que haya venido ningún ser humano», comentó otro de los gatos. «Si, tienes razón. No es posible que un ser humano haya entrado en el pueblo de los gatos». «Pero no cabe duda de que huele a uno de ellos.»
Los gatos formaron varios grupos e inspeccionaron hasta el último rincón del pueblo, como una patrulla vecinal. Cuando se lo toman en serio, los gatos tienen un olfato excelente. No tardaron mucho en darse cuenta de que el olor procedía de lo alto del campanario. El joven oía cómo sus blandas patas subían ágilmente por las escaleras del campanario. «¡Esto es el fin!», pensó. Los gatos parecían muy excitados y enfadados por el olor a humano. Tenían las uñas grandes y aguzadas y los dientes blancos y afilados. Además, aquel era un pueblo en el que los seres humanos no debían adentrarse. No sabía qué suerte le esperaría cuando lo encontraran, pero no creía que fueran a permitirle irse de allí habiendo descubierto el secreto.
Tres de los gatos subieron hasta el campanario y se pusieron a olfatear. «¡Qué extraño!», dijo uno sacudiendo sus largos bigotes. «Aunque huele a humano, no hay nadie». «¡Sí que es raro», comentó otro. «En todo caso, aquí no hay nadie. Busquemos en otra parte».«¡Esto es de locos!». Movieron extrañados la cabeza y se fueron. Los gatos bajaron las escaleras sin hacer ruido y se esfumaron en medio de la oscuridad nocturna. El joven soltó un suspiro de alivio; a él también le parecía de locos. Los gatos y él habían estado literalmente a un palmo de distancia en un lugar angosto. No habría podido escapárseles. Y sin embargo, parecían no haberlo visto. El joven examinó sus manos. «Las estoy viendo. No me he vuelto invisible. ¡Qué raro! En cualquier caso, por la mañana iré hasta la estación y me marcharé de este pueblo en el primer tren. Quedarme aquí es demasiado peligroso. La suerte no puede durar siempre».
Pero al dia siguiente, el tren de la mañana no se detuvo en la estación. Pasó delante de sus ojos sin disminuir siquiera la velocidad. Lo mismo ocurrió con el tren de la tarde. Se veía al conductor en su asiento y los rostros de los pasajeros al lado de las ventanillas. Pero el tren no dio señales de que fuera a pararse. Era como si la silueta del joven que esperaba el tren no se reflejara en los ojos de la gente. O como si fuera la estación la que no se reflejara. Cuando el tren de la tarde desapareció a lo lejos, a su alrededor se hizo un silencio absoluto, como nunca antes había sentido. Entonces, el sol empezó a ponerse. «Va siendo hora de que los gatos aparezcan.» El joven supo que se había perdido. «Este no es el pueblo de los gatos», se dio cuenta al fin. Aquel era el lugar en el que debía perderse. Un lugar ajeno a este mundo que habían dispuesto para él. Y el tren jamás volvería a detenerse en aquella estación para llevarlo a su mundo de origen."

 Haruki Murakami
1Q84
pp.  506-509