26 jun. 2013

Oposición impresentable


Cuando uno habla de oposición de manera general se está refiriendo a algo que está en contra de otra cosa (demasiado obvio para tener que resaltarlo). Sin embargo, esta definición puede ser más perniciosa de lo que parece.
Por lo general, cuando hablamos de oposición política nos estamos refiriendo a aquellos que se encuentran “en la otra vereda” del poder. Así, la oposición la conformaría todo aquel que no esté a favor de determinado gobierno.
El primer problema al hablar de oposición es que se hace en singular, dando la apariencia de que esta es homogénea y uniforme con una sola linea programática, que es la de oponerse al gobierno. No se debería de hablar de oposición, sino de oposiciones para establecer la heterogeneidad de ideas dentro de un grupo cuyo única relación entre sí es la de no estar gobernando. Sin importar de qué corriente ideológica provenga el gobierno en turno, siempre habrá sectores tanto de su propia corriente como de la contraria que encontrarán contradicciones y asuntos cuestionables.
Por ejemplo, en México hablar de oposición o, como se suele decir “partidos de oposición” a uno le deja pensando que comparten la misma plataforma, cuando por un lado tenemos al PAN (de derecha), al PRD (de izquierda), y a una pleyade de partiditos (sin tomar en cuenta ese monstruo repugnante llamado MORENA) que se mueven alrededor de los grandes como rémoras. Algunos de ellos comparten las ideas del gobierno no por proyección ideológica, sino porque de ellos depende su existencia.
Aunque mi intención no es explayarme sobre el tema México, sino que me gustaría hacer incapie en un mundo donde la oposición es tan grande, pero tan condenada a implosionar que funciona como laboratorio explicativo de porqué el término “oposición” simplemente funciona para el Estado pero hasta ahí. Me refiero a la Argentina.
Desde el asenso de los Kirchner, Argentina ha estado sumida en una serie de contradicciones acomodaticias que aquellos que simplemente no les gusta la forma del gobierno no saben a qué espectro dirigirse cuando el gobierno está compuesto por supuestos militantes de izquierda que hacen negocios cupulares con grupos corporativos y transnacionales. Pero no termina ahí, sino que la sola forma de dirigirse hacia la sociedad por parte del gobierno parece una imitación de como ciertos regímenes totalitarios (y me refiero a Venezuela) utilizan los medios estatales (y forzando a los privados) para emitir cadenas nacionales para informar de las medidas tomadas hasta en los asuntos más triviales. Esto no es gratuito, responde a dos aspectos puntuales, uno de ellos es dar la apariencia de un gobierno que está constantemente trabajando (en Venezuela funcionaba con Aló Presidente, en la Argentina la usan hasta para anunciar la venta de muñequitos, y no es una metáfora o comentario malicioso, es cierto, Cristina vendió muñequitos nacionales y populares), y el otro para forjar un lazo entre la sociedad y el gobernante haciendo más familiar el mensaje, no le habla al pueblo, te habla a ti, televidente.
De todos los lugares en el mundo donde se puede hablar de relaciones totalmente antagónicas en casi todos los aspectos de la sociedad, la Argentina se lleva las palmas. Dicen que los argentinos lo reducen todo a nivel de hinchadas como si fuese un partido de fútbol, pero sería realmente al contrario, en realidad lo argentinos llevan el fútbol a sus niveles de temperamento social.
Hay gobiernos cuyo lema es el consenso, entendido este como el interés del Estado por pactar con las demás fuerzas políticas los programas de gobierno, hay gobiernos de coalición, que son estos aquellos en los que los partidos de oposición no solo son invitados a dialogar, sino a formar parte del mismo gobierno (esto se entiende como cuando son designados secretarios de Estado algunos miembros que militen en otras fuerzas políticas).
Pero hay gobiernos que hacen de la confrontación su sello personal; no es solo el cuestionamiento de las políticas del gobierno anterior (eso es relativamente común cuando gana la oposición), sino que intentan crear un parteaguas entre el ellos y el nosotros.
No me voy a explayar en los aspectos de este tipo de gobiernos porque ya lo he hecho bastante en otras ocasiones, pero quiero referirme a la Argentina por una razón que resalta de los casos de Venezuela y el lopezobradorismo. Y es el hecho de que la oposición argentina tampoco canta mal los tangos.
Uno de los errores más naturales que llega a cometer el hombre en el terreno de las ideas, es la aplicación de la ley de signos donde el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Y ahí es como, a diferencia de lo que sucedió en Venezuela, donde Enrique Capriles logró convertirse en un candidato de consenso aglutinando a las corrientes opositoras al chavismo. Esto no fue nada fácil, principalmente cuando tenemos en cuenta que el entre la oposición al chavismo hay desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda (aunque dudo que estos hayan cerrado filas con Capriles). Sin embargo, con un discurso conciliador para con los suyos y los otros, logró aumentar su capital político en un país donde el monopolio del mismo fue del chavismo, aunque no todo fue por Capriles, sino que el país que dejó Chávez y el peor heredero para resolverlo por medio de una campaña que asemeja a la de López Obrador en 2006 (por haber iniciado con una victoria segura hasta hundirse en las preferencias).
Sin embargo, esa nación austral que es la Argentina parece que nunca logró conciliar la idea del dialogo con el pragmatismo. Hay diferencias, claro. Principalmente es que los que están ligados al Kirchnerismo realmente son incapaces de definirlo. Cristina saluda con la izquierda pero se viste con la derecha; obsesionada con los viajes a Europa, la ropa de diseñador, las joyas y la posesión de inmuebles que utiliza a Eva y Perón como los arquetipos de la nueva Argentina, cuando esta es tan nueva que recurre a lo más viejo del imaginario. A veces de derecha, a veces de izquierda, simplemente el gobierno Nac&Pop no se sabe definir con nada; y eso para la oposición es un desastre.
Por qué? Porque la oposición no tiene forma de definir a un gobierno contrario cuando sus practicas e intereses son muchas veces compartida. Si bien el gobierno, para cada estupidez que comete solo se atreve a decir que fue una operación de Magnetto—dueño del Grupo Clarín, algo así como el Televisa rioplatense—con un guión cuyos seguidores repiten para todo, incluso creando un nombre propio para este mundo de las redes sociales, los “Ciber K”. así, para un Ciber K todo el que los critique es un milico golpista cómplice de la dictadura y operador de Clarín, para la oposición todo el que diga algo positivo del gobierno es un choripanero, chorro y viven en la diKtadura.
La oposición argentina aglutina visiones tan dispersas que, a diferencia de la venezolana, no se pueden ni siquiera unir porque la misma naturaleza argentina les impide reconocer siquiera un liderazgo entre ellos, cosa fundamental si la intención es evitar que una persona carente de ideología se apodere de lo que queda del Estado por medio de movilizaciones y medidas tan absurdas como la elección de magistrados de la corte por medio de listas electorales—lo que obviamente significa su subordinación al partido postulante—.
El único que ha logrado por lo menos generar reacciones al gobierno, es Jorge Lanata. Anteriormente feróz crítico de Clarín, pero hoy trabajando para ese medio ¿Por qué? “Panqueque” es lo único que se le ocurre decir a los K, y siempre le quieren devolver la moneda cuando habla del gobierno haciendo referencia a lo que alguna vez dijo del conglomerado de medios—como si una cosa negara la otra—. Tal vez la respuesta más coherente es el sentido común de Lanata al aplicar la regla del “enemigo común”. Lo que logró unirlo a Clarín fue que ambos tienen en el gobierno un enemigo más poderoso.
Hace unos meses se puso sobre la mesa la idea de Lanata como candidato para las presidenciales del 2015, esto habla primero de su popularidad, y en segundo de un mal endémico dentro de una oposición que no ve el norte y tiene que recurrir a un showman para defender sus intereses, porque, pese a su rol de periodista, Lanata es capaz de mentir descaradamente solo para atraer pantalla—y eso lo capitaliza muy bien el oficialismo—aspecto que sus seguidores relativizan con tal de criticar la diKtadura.

Como dije, eso habla del mal estado en el que está la oposición y de sus credenciales morales al ser aparentemente incapaces de encontrar a una persona cuyos antecedentes sean suficientes como para representar una opción política viable, persona muy difícil que aparezca a estas alturas, porque de haber existido ya se habría presentado.

21 jun. 2013

Guerra Mundial Z


Acabo de ver que el Acabo de ver que el miercoles se estrena Guerra Mundial Z, obviamente casi todos hemos oídos hablar de la película posiblemente por la presencia de Brad Pitt, pero ¿Alguien ha hablado del libro? Hace unos meses, cuando se dio la noticia de que los derechos del libro habían sido comprados por la productora del actor, sonaron cietas alarmas por el hecho natural de los riesgos de una adaptación deficiente. Después, cuando el rodaje inició se difundieron versiones que hablaban de que el producto no estaba quedando minimamente bien hasta el punto de que se tuvo que volver a escribir y rodar una tercera parte de la cinta. Sumado eso a las imagenes que se difundieron del rodaje que no tenían nada que ver con lo que uno había leído.
Sin embargo, hace unos meses que se viene hablando bien de la película, aparentemente quienes  la han visto han salido satisfechos. Yo no la he visto, pero tengo la idea de que va a verse bien, pero ¿Será mejor que el libro?
La mayoría no conoce al autor, Max Brooks, pero en el mundillo Z es una autoridad en el tema. Es el autor de un libro previo llamado Manual de supervivencia zombie que en pocas palabras es literalmente lo que dice el titulo. Hijo de Mel Brooks, Max se ha dedicado a narraraciones sobre zombies con un estilo que recuerda a Romero. En sus relatos no está el zombie que corre alocadamente, pero tapoco está el muerto viviente. El zombie de Brooks es básicamente el “infectado”, es decir, su naturaleza zombie radica en un virus, descartando así el muerto que sale de la tumba o el que se muere de un infarto y se levanta. Esto es para evitarse el comentario suspicaz de por qué se mueren de una mordida, la respuesta está en que la mordida te infecta y por eso te mata por pequeña que sea.
Hay momentos puntuales en el libro que no tengo idea de si aparecerán en la película, que dudo, porque aparentemente parece que se compró la idea, pero no el desarrollo. En el libro la epidemia comienza en China y se extiende por medio de una red clandestina de tráfico de organos a todo el mundo. El protagonista de la novela, un periodista por encargo de las Naciones Unidas, viaja por el mundo entrevistando diferentes personajes para elaborar una historia oral de lo que se conoce como la Guerra Mundial Z y el papel de cada uno. Hay momentos resaltantes, como las estrellas de la farandula se construyen un edificio en el que se ocultan con sus lujos, el cual es tomado por civiles desesperados y realizando una masacre; como en Israel las tensiones religiosas fueron más importantes que la supervivencia de la especie—si se va a salvar una parte, que esa parte no sea musulmana—; Corea del Norte simplemente desaparece y nadie vuelve a saber de su población; Cuba por su condición aislada emerge como una superpotencia económica al tener bajas mínimas y, sobre todo, cómo la salvación provino de un ex miembro del Apartheid que ideó un plan en el que se sacrificaría al 90% de la población como alimento para permitir la evacuación del otro 10.
¿Qué tiene de especial esta pelicula para no ser otra más de zombies? Todos sabemo que el género está ya bastante agotado, partiendo de la premisa de que tecnicamente todas son iguales y solo cambia el lugar o los personajes, aunque al final todos terminan en la misma situación de hacer frente al apocalipsis zombie. Sin embargo hay otro patrón dentro del género que es el que siempre son eventos focalizados, es decir, por lo general es un grupo de sobrevivientes encerrados en determinado lugar o viajando a un refugio. Guerra Mundial Z se va por otra vereda llevando por primera vez—hasta  donde sé es así—una historia de zombies a dimensiones globales. Ya no son los pobres refugiados en un sotano, sino diferentes nacionalidades que narran su experiencia añadiéndole sus particularidades culturales. Además de que es un relato posterior, es decir, la guerra terminó, los zombies han sido “derrotados” y es la hora de la reconstrucción.
Por desgracia, hasta ahora todas las imágenes que se han distribuido son de escenarios apocalípticos  que distan mucho del relato generalmente más prudente del libro. Esperemos que lo que salga salga bien. se estrena Guerra Mundial Z, obviamente casi todos hemos oídos hablar de la película posiblemente por la presencia de Brad Pitt, pero ¿Alguien ha hablado del libro? Hace unos meses, cuando se dio la noticia de que los derechos del libro habían sido comprados por la productora del actor, sonaron ciertas alarmas por el hecho natural de los riesgos de una adaptación deficiente. Después, cuando el rodaje inició se difundieron versiones que hablaban de que el producto no estaba quedando minimamente bien hasta el punto de que se tuvo que volver a escribir y rodar una tercera parte de la cinta. Sumado eso a las imágenes que se difundieron del rodaje que no tenían nada que ver con lo que uno había leído.
Sin embargo, hace unos meses que se viene hablando bien de la película, aparentemente quienes la han visto han salido satisfechos. Yo no la he visto, pero tengo la idea de que va a verse bien, pero ¿Será mejor que el libro?



19 jun. 2013

El Padrino, Mario Puzo.

Hay una frase recurrente dentro del mundo del cine, y es que la película nunca supera al libro. Cuando vemos una peli basada en una obra tendemos a cuestionar los cambios en la trama—siempre y cuando hayamos leído el libro para darnos cuenta—aunque, para ser sincero, la mayoría de estos cambios están justificados por la sola razón de que la narrativa fílmica es bastante diferente a la novelesca. Para los que preferimos el relato escrito al visual ese puritanismo intentamos justificarlo bajo la premisa de que si decidieron adaptar un libro al cine es porque el libro es bueno, no hay necesidad de cambiarlo.
            Algunas veces la justificación, más que el tiempo, es por cuestiones de prensa, imagen o corrección política, por ejemplo, en La suma de todos los miedos de Tom Clancy, unos radicales islámicos roban una bomba nuclear que hacen estallar en Denver. En la versión fílmica, además de hacer a Jack Ryan más joven—eso es justificable debido a que ahora fue interpretado por Ben Affleck en lugar de Harrison Ford—quienes roban la bomba son neonazis porque ¿Quién no detesta a los nazis? Si de imagen hablamos, está Troya donde Patroclo se convierte en el “primo” de Aquiles y no en su amante sodomita—supongo que a Brad Pitt no le agradó la idea, tan natural en aquella época—. Así hay casos muchos, cientos, miles, pero hasta donde sé, existe uno que en opinión general—o por repetición de lo que dicen otros—se menciona “es igual o mejor que el libro”. Me refiero a El Padrino.

            Obviamente es una película que todos hemos visto, al igual que siempre hemos escuchado esa comparación con el libro, pero ¿Será cierto, cuántos hemos leído el libro para saber que es así? Como en la mayoría de “lo que comúnmente se sabe”, por lo general nos atenemos a la opinión establecida y la tomamos como un hecho indiscutible.  Eso pasa con este libro, la película es tan buena que difícilmente nos atrevemos a cuestionarla o nos romperían las piernas.
            Acabo de leer el libro, y realmente la decisión es algo difícil, primero que nada, y para dejarlo claro, lo que sí es un hecho es que es la mejor adaptación de un libro al cine—mejor que Naranja Mecánica—pero ¿Es mejor la peli que el libro? Yo difiero.
            Muchas veces cuando vemos una película hay cosas que quedan supeditadas para mejorar el relato o la narrativa visual, limitaciones que el autor de una novela no tiene en su cabeza por la total libertad de ser tan minucioso en la descripción como se le dé la gana. Una escena donde un personaje amonesta a otro y este segundo se queda callado, en una película se cambia de escena y ya, en el texto uno puede explicar porqué  de ese silencio, sobre si decidió permanecer callado o si supo que ya no tenía respuesta para dar. Esas cosas uno tiene que adivinarlas cuando está sometido a un promedio de  dos o tres horas de duración, y son precisamente ese tipo de detalles los que hacen que uno sienta mayor aprecio por la novela, debido a que las limitaciones del autor son las del mismo ingenio, el tiempo y la duración no tiene relación alguna.
            Hay ejemplos donde tal vez una novela mediocre tenga mejores resultados en pantalla—en el caso de la chica, Dexter es un muy buen ejemplo—pero también son tan contados que ni siquiera se toman en cuenta, ya que el productor que encuentra la obra dice “la premisa es buena, el argumento también, pero la forma de narrarlo es tan mala que voy a perfeccionarla”.
            Hablando de la novela, hay momentos que no aparecen en la película—y ahí es donde se derrumba el mito de la adaptación perfecta—por ejemplo, la trama de Johnny Fontane—el cantante—dura bastante más en comparación con la película que, si mal no recuerdo, su aparición termina con la escena de la cabeza de caballo en la cama del productor que no quería contratarlo, supuestamente todo lo que sigue es suprimido a petición de Sinatra para no verse tan “homenajeado” en la película. Además, hay momentos de la novela que se guardaron para la segunda parte, en este caso, toda la infancia de Vito, que abarca una gran parte, posiblemente para no confundir tanto el relato.
            Para terminar, un detalle, la novela no termina con la famosa escena de las puertas cerradas, curiosamente, lo que sigue ya son dos capítulos, uno donde Kay huye de Michael luego de reconocer que él mató a Carlo y Hagen va a convencerla de volver—este es un momento importante porque Hagen, para convencerla, viola la Omertà y la hace conocedora de las razones de cada muerte—“Si le cuentas a Michael lo que acabo de decirte, soy hombre muerto.”—, no recuerdo si esto aparece en la segunda parte, y después, la novela cierra con Kay, recién convertida al catolicismo, reza por el alma de Michael en la iglesia. Es un poco evidente de por qué Coppola decidió cerrar la película unas páginas antes.
            En definitiva, es un libro que si se lo encuentran, no digan “ya vi la película y dicen que son iguales”, porque una cosa es como la otra pero diferente, así de fácil. Como ejemplo, les dejo escenas clásicas de la película y la forma en la que son descritas en el libro, para que hagan sus comparaciones en la narrativa.




Había por allí varios hombres hablando de béisbol y discutiendo sobre si tal equipo era mejor o peor que tal otro. Lo de cada domingo. De pronto, los niños que jugaban en la calle subieron corriendo a la acera. Un coche que venía a toda velocidad se detuvo adelante de la pastelería, y fue tan brusco el frenazo que los neumáticos chirriaron. El conductor saltó del vehículo con tanta rapidez que todos quedaron paralizados. Era Sonny Corleone.
Su cara era la imagen misma de la cólera. No había pasado un segundo cuando ya tenía a Carlo Rizzi agarrado por el cuello. Trató de arrojarlo a la calzada, pero éste se aferró con toda la fuerza de sus musculosos brazos a la barandilla de hierro de la pequeña escalera que conducía a la entrada de la pastelería, tratando al mismo tiempo de ocultar su cara para protegerla de las manos de Sonny.
Lo que siguió fue tremendo. Sonny empezó a pegarle puñetazos mientras lo insultaba a voz en grito, y Carlo no ofreció resistencia alguna, pese a su fuerza física, ni dijo una sola palabra. Coach y Sally Rags no se atrevieron a intervenir. Estaban convencidos de que Sonny quería matar a su cuñado, y no deseaban compartir su suerte. Los niños seguían en la acera, a cierta distancia, disfrutando del espectáculo. Eran muchos, algunos de ellos bastante mayores, y estaban acostumbrados a pelear, pero no se atrevían a moverse. Llegó otro coche, ocupado por dos guardaespaldas de Sonny, quienes al ver lo que ocurría se quedaron quietos como todos los demás, aunque dispuestos a intervenir en el caso de que algún inconsciente se decidiera a ayudar a Carlo.
Lo más penoso de todo era la absoluta sumisión de Carlo, si bien ésta quizá le salvó la vida. Seguía aferrado a la barandilla y sin devolver un solo golpe, a pesar de que era casi tan fuerte como su cuñado. En un momento dado Sonny pareció calmarse un poco. Jadeaba, al borde del agotamiento, y le dolían las manos de tanto golpear. Entonces, dirigiéndose al maltrecho Carlo, dijo:
 – Y ahora escúchame, maldito cabrón: si vuelves a pegar a mi hermana, te mataré. ¿Lo has oído?



La carretera estaba mal iluminada. No se veía un solo coche. A lo lejos divisó la caseta del peaje. Había otras, pero sólo funcionaban de día, cuando el tráfico era intenso. Sonny redujo la velocidad y buscó calderilla en el bolsillo. Como no tenía, sacó la cartera y con una sola mano separó un billete. Al acercarse a la caseta iluminada, Sonny quedó sorprendido al comprobar que un coche bloqueaba la carretera. El conductor debía de estar preguntando alguna dirección al encargado de cobrar el peaje, pensó. Hizo sonar el claxon y el otro coche se apartó, por lo que el Buick pudo colocarse delante del cobrador.
Sonny alargó un dólar y esperó el cambio. Tenía prisa y por ello, a pesar de que el frío de la noche era intenso, no quiso cerrar la ventanilla. Pero el cobrador parecía muy torpe; al muy imbécil se le había caído el cambio al suelo. El hombre se agachó para recoger las monedas, y desapareció de la vista.
Entonces Sonny se dio cuenta de que el otro automóvil no había seguido su camino, sino que estaba a pocos metros de distancia, bloqueando nuevamente la carretera. En la caseta de peaje había otro hombre. Del vehículo se apearon dos individuos. El cobrador aún seguía agachado... De pronto, Santino Corleone comprendió que había llegado su hora. Se sintió completamente lúcido, libre de toda violencia, como si el miedo oculto, finalmente real y presente, lo hubiera purificado.
Sonny se lanzó contra la puerta del Buick, rompiendo la cerradura. El hombre que estaba en la caseta abrió mego... alcanzando en la cabeza a Sonny, que cayó al suelo. Los dos individuos que se habían apeado del coche sacaron sus armas y dispararon contra el cuerpo que yacía en el asfalto. Luego le golpearon salvajemente el rostro para desfigurarle todavía más, como si quisieran dejar la huella de un poder humano más personal.


Fue a la cocina a buscar hielo. Desde allí oyó abrirse la puerta, y al salir vio a Clemenza, Neri y Rocco Lampone, acompañados de los guardaespaldas. Su marido estaba casi de espaldas a ella, pero Kay se movió un poco, lo justo para verlo de perfil. Entonces, Clemenza se dirigió a Michael llamándole Don.

            Kay vio que Michael recibía el homenaje de aquellos hombres. Y se acordó de las estatuas de los emperadores romanos, quienes, por derecho divino, eran dueños de la vida y de la muerte de sus súbditos. Tenía una mano en la cadera. El perfil de su cara hablaba de un poder frío y orgulloso, y su cuerpo descansaba sobre uno de sus pies, que quedaba un poco más atrás que el otro. Los caporegimi estaban de pie frente a él. En ese momento, Kay comprendió que todo lo que Connie le había dicho era cierto. Regresó nuevamente a la cocina, y una vez allí, se echó a llorar.

17 jun. 2013

El Tercer Reich, Michael Burlegh

Acabo de leer por tercera vez El Tercer Reich de Michael Burleigh, un libro de 1400 páginas de pura acción, emoción y romance (no hay nada de esos tres).

            Por lo general, cuando nos acercamos  a una obra sobre la Alemania Nazi siempre nos dejamos llevar por ciertas generalizaciones que intentan responder a un cuestionamiento bastante natural ¿Cómo es que una nación tan civilizada como la alemana se dejó seducir por un cumulo de promesas baratas y semi religiosas de Hitler?
            No es que sea una pregunta descabellada, y en base a ella se entiende que la literatura histórica sobre el tema por lo general limita el debate a responder a esa pregunta, dejando de lado un cuestionamiento que pocos  se plantean: ¿Fueron todos los alemanes? Todos llegamos a pensar que porque un gobierno esté en el gobierno intrínsecamente el pueblo está con él, esto no se sostiene, mucho menos cuando el gobierno es un régimen totalitario donde no está muy bien vista la crítica.
            Cuando uno lee un libro sobre el nazismo siempre se encuentra los tópicos tradicionales que crean una línea directa entre el ascenso de Hitler al poder y el Holocausto, además, se suele limitar la historia a sus responsables, es decir, pareciera que hablar del nazismo se reduce a biografías de Hitler, Himmler, Goering, Goebbels, Eichmann o Hess y reduciéndolo a las concentraciones del Partido y los campos de concentración. De alguna forma este enfoque se puede llegar a entender como un esfuerzo de exculpar a la población civil bajo el argumento de que al ser un régimen totalitario, ellos simplemente se sometieron a la fuerza de las SS y la Gestapo sin compartir la política racial de Hitler. Esta es una historia que se centra en la sociedad alemana y sus matices que no siempre son resaltados por, lo que podríamos llamar “historiografía liberal”, no por su corte ideológico, sino por su manejo de las fuentes cuyo único fin, como la liberal, es la demonización del enemigo y la justificación de los actos de los vencedores.
Primero que nada, es un libro exculpatorio, básicamente es una especie de especificación sobre el papel de la totalidad alemana durante el régimen nazi y cómo no todos los alemanes se sintieron particularmente afectos a Hitler y cómo algunos lo eligieron basándose en premisas equivocadas.
            En este caso hay algunas aclaraciones sobre ciertos sucesos puntuales, y este es uno de los puntos fuertes del texto, ya que hace caso omiso de tratar asuntos que han sido explicados hasta el hartazgo, básicamente es un libro diseñado para aquellos que tienen las nociones básicas del nazismo y su historia, dejándolas de lado y centrándose en asuntos de mayor importancia, por ejemplo, no menciona la fusión de la presidencia y la cancillería a la muerte de Hinderburg, tal vez porque dado el escenario político alemán, fue un hecho intrascendente solo para dar validez jurídica a una autoridad suprema de facto.
            Lo que si resalta es su asenso a canciller y porqué, dadas sus credenciales autócratas, se le permitió acceder al gobierno. El autor maneja que fue una mala decisión de aquellos que sentían antipatía hacia él, principalmente Von Pape, Canciller de Hindemburg. La idea de éste era dejar que Hitler se destruyera a sí mismo; era tanta su desconfianza hacia el nazismo y su programa carente de contenido que pensaba que al dejar gobernar a Hitler este se derrumbaría abrumado por la tarea de gobernar y con él el nazismo como opción política. Es decir, Hitler accedió a la Cancillería porque quienes lo ayudaron a llegar esperaban que fuera un inepto. Esto en gran parte se debió a una propaganda nazi que hacía eco en la violencia comunista. Hitler se abstuvo de hacer alusión a algo tan caro a los alemanes como la desaparición de la propiedad privada. Las clases medias, temerosas de que los comunistas accedieran al poder y siguieran un programa dictado desde Moscú, desencantadas de los socialdemócratas (defenestrados por comunistas y nazis como los autores de todos los males debido a que eran el grupo en el gobierno), decidieron optar por la alternativa radical que hacía énfasis en la nación alemana creyendo que el discurso antisemita se iría matizando conforme pase el tiempo.
            Como vemos, el autor plantea que el triunfo del nazismo fue de la misma forma de la que muchos regímenes autoritarios se implantan por la vía democrática. Simplemente la población los cree menos de lo que son capaces de hacer.
            Culpar a los alemanes tampoco es gratuito, responde a una cierta necesidad de generalizar las cosas, si solo son ellos, todos los demás están moralmente justificados ante la historia. No hay que olvidar que la democracia representativa era un valor en decadencia en esos tiempos. Los movimientos paramilitares y las ideas autoritarias, eugenésicas y raciales no eran patrimonio germano. El antisemitismo de la revolución rusa fue tan sanguinaria como el alemán (eso si se entiende que el antisemitismo practicado por los nazis fue una herencia de la Rusia zarista), abundaban los movimientos de carácter nazi o fascista en cada país, con sus características regionales, pero siempre alineado en una forma general de interpretar una Europa para los europeos.
            También hay un detalle que retoma con cierto interés, y es el hecho de las atrocidades cometidas hacia los judíos, para lo cual lanza una especie de crítica hacia la historiografía alemana para hacer referencia de cómo esta relativiza la brutalidad del colaboracionismo de los países del Este argumentando cierta autocensura de los alemanes a la hora de hablar del antisemitismo húngaro, rumano o lituano—es decir, la brutalidad con la que trataron a los judíos—bajo la premisa de que tienden a pensar que resaltar esos aspectos podría ser interpretado en otras partes como un intento de restarle culpabilidad a los propios alemanes, algo políticamente incorrecto.

            Obviamente el texto no está exento de críticas, a principal es el confesionalismo del autor, Burleigh es católico confeso, lo que tiene un fuerte papel en cierto manejo parcial del papel de la Iglesia Católica durante la guerra y el régimen nazi, básicamente los disculpa de cualquier acción, la Iglesia Católica, según el autor, se mostró prudentemente desconfiada del neopaganismo de Hitler—lo que es cierto—pero también veló por la seguridad de los católicos alemanes negociando un trato especial como el que realizó con Mussolini. No es caer en la fraseología anticlerical de la historiografía marxista donde la Iglesia se le entregó al nazismo, pero una cuota de responsabilidad sí tenían—debido a que compartían el antisemitismo y el anticomunismo—. El autor, para cubrir el aspecto de la religión cristiana con el nazismo, tiende a inclinar la balanza de la responsabilidad en las iglesias protestantes, a las que trata como alineadas con el nazismo desde un comienzo al presentarse a sí mismos como “cristianos alemanes”.
            Otro punto a criticar, el cual va ligado al anterior, es su conservadurismo en veces demasiado parcial a la hora de hacer referencia a las izquierdas—ya sean estas moderadas, socialdemócratas o comunistas—relativizando todas sus posturas como paparruchas o chapuceras, es decir, en cierta forma justifica la decisión de los alemanes por los nazis en las urnas “resaltando” lo vacio y falso que resultaban las propuestas de izquierda.
            En resumidas cuentas es, pese a los errores antes mencionados, lo que llamaría una “Historia Total” del Tercer Reich, la mejor que conozco hasta la fecha.

            P.D. existe una “versión” reducida, o casi. Hay un dos libros considerablemente más pequeños llamados Poder Terrenal y Causas Sagradas, ambos con subtitulo “Religión y Política en Europa”. No habla de la relación entre Fe y Estado, sino del Estado como Fe, es decir, de las religiones políticas. El primer libro comienza en 1789—absurdo explicar por qué—y termina en 1914; el segundo va desde 1914 al 2003, en ese tomo, obviamente, cuando habla del nazismo hacer una descripción rápida de lo que es, siendo así un resumen bastante decente de la obra total. Solo por si les pesa leer nazis durante varios días.