1 oct. 2012

Preguntas incómodas.


Se incurre en el argumentum ad hominem cuando se tergiversa un argumento válido y se afirma que x es una proposición falsa porque la que la persona que la afirmó tiene algún defecto atacable, en lugar de verificarse de la veracidad de x. En otras palabras, cuando en lugar de ocuparse de la validez de la proposición, se hace una critica moral al interlocutor. La falacia, entonces, consiste en eludir el tema y dar solo una opinión personal irrelevante sobre la moralidad del otro



Hace pocos días me desperté con la nota de la conferencia que la Presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner (extraño caso donde una mujer gobernante usa todavía su apellido de casada) en Harvard donde, en su personalista estilo de dirigirse a los demás, queda mal parada cuando se le cambian las reglas del juego, es decir, cuando es criticada. La presidenta es una de esas figuras de la política actual que resalta entre otras mujeres por las razones equivocadas; comparada con el estilo austero de Ángela Merkel, la teatralidad de Fernández le produce reflectores, pero estos no siempre son positivos, puesto que en veces las cámaras alcanzan a captar detrás del sueño argentino la pesadilla que viven millones de argentinos.
            El principal problema que adolece la izquierda latinoamericana tiene dos nombres, Hugo Chávez y Cristina Fernández, políticos socialdemócratas hábiles y capaces como Tabaré Vázquez, Michelle Bachelet o Lula Da Silva van erosionándose ante la aplanadora ideológica del caudillismo propio de la región con estas dos figuras que se niegan a desaparecer y buscan perpetuar seculo seculorum sus modelos de perfección nacional. De Chávez hablaré en otro momento, hoy CFK me ocupa la mente por las diversas expresiones que he ido escuchando últimamente a su alrededor.
            Mi primer acercamiento con la presidenta argentina fue en un libro de Andrés Oppenheimer, “Cuentos Chinos” donde hablaba pestes del entonces presidente Néstor Kirchner, en el libro el periodista narra un encuentro con el mandatario, el cual (según el autor) se muestra arrogante y lo deja con la palabra en la boca abandonando la conversación, pero quien sí se queda, dispuesta a escuchar, fue la primera dama, Cristina Fernández. Oppenheimer, aunque con recelo, da una valoración positiva de la ahora mandataria como más dispuesta al dialogo que su esposo.
            La realidad fue otra.
            La presencia de la presidenta en Nueva York fue relevante no por su aparición en la Asamblea General de la  ONU, sino por dos conferencias dadas en dos universidades, Georgetown y Harvard, la primera no fue tan relevante si no fuera por un cuestionamiento acerca del dialogo con los periodistas en el que la mandataria se explayó acerca de cómo sí dialoga con los corresponsales, lo que provocó que la reacción de los periodistas acreditados en la Casa Rosada para afirmas que desde agosto de 2011 ella no ha dado una conferencia de prensa. Partiendo de esta “aclaración” la conferencia en Harvard pasó de ser un acto grandilocuente a un descolladero que casi se le sale de control, principalmente por el tipo de preguntas que le hicieron, ya que eran las preguntas que decenas de periodistas en la Argentina han intentado hacer sin tener fruto alguno, temas como la reforma a la constitución para permitir una reelección más, el bloqueo a la compra de dólares, los “maquillados” números inflacionarios y la cada vez mayor absorción por parte del gobierno de los ámbitos de la esfera privada. Preguntas realizadas en un ambiente que la presidenta no controlaba, faltaron los bombos, los cantos de hinchada, los militantes de la Campora, las masas de “descamisados” alabándola y aplaudiendo cada oración que sale de sus labios.
            Pudo pasar de una intervención más, pero lo mediático del evento es precisamente lo resaltante, puesto que si las ruedas de prensa fueran comunes en la Argentina, estas preguntas ni siquiera habrían sido importantes, su valor resalta precisamente en la condición sui generis de los cuestionamientos al poderse haberse dado fuera del territorio, anunciando implícitamente la relación discordante de la presidente con la prensa crítica.
            La coronación que tuvo el año pasado donde recibió la banda presidencial de su hija (aunque ella era reelecta, técnicamente tendría que haber sido el presidente del congreso el que le impusiera la banda) y la creación de la Argentina como patrimonio personal del kirchnerismo y la obsesión por asociarlo al peronismo, de verse a ella misma como reencarnación de Evita y jugar a la menoría histórica capitalizando a su favor todo fantasmas del golpismo (aún cuando las FFAA actualmente no tienen papel alguno en la política local). Pero es un poder que se le está escapando por grietas pequeñas, pero constantes, reducidas manchas de humedad que terminarán produciendo una falla en los cimientos, los cacerolazos representan algo más que una protesta, sino la perdida de facto del monopolio de las calles. Irónicamente hay quienes cuestionan la parcialidad de los estudiantes de Harvard que la cuestionaron por el tipo de preguntas, argumentando que detrás de estos está algún interés político (más claramente, el diabólico imperio de medios Clarín), como una cosa negara la validez de las preguntas.
            A la presidenta se le está moviendo el tapete, y lo sabe, por eso ha optado por una retórica más incendiaria y un evidente manejo discrecional de la justicia no para un modelo en especial, sino para acabar con una oposición que está aprendiendo a esquivar los golpes de manera cada vez más eficiente. Pero, principalmente tendrá sus ojos en Venezuela, su principal aliado en la región y posiblemente a punto de tener un cambio histórico y una restauración de la democracia, suspendida temporalmente en 1999.
            El resto es historia.