8 ago. 2014

Sexta temporada: Piramide.

comienzo con una cita de Stefan Zweig:
“hombres singulares que surgen a la superficie en todas las transformaciones mundiales, uno de esos seres puros, idealistas y creyentes, que suelen causar con su fe más mal y derramar más sangre con su idealismo, que los más brutales políticos y los más feroces tiranos. Siempre será precisamente el hombre puro, religioso, extático, el reformador, quien, con la intención más noble darà motivo para asesinatos y desgracias que él mismo detesta.”

¿A qué me refiero con esto? Uno de los temas que más me fascinan es esa lógica del pensamiento único y cómo este cambia dependiendo de las circunstancias (un fenómeno extraño sobre todo cuando hablamos de algo como “pensamiento único”). Pero más allá del discurso político de los que quieren alienar la realidad para mantener a la población dentro de un discurso utopista, están los seguidores, esos hijos del pensamiento único que simplemente se limitan a cambiar de la noche a la mañana sus esquemas mentales a la  nueva realidad que les enseñan sus dirigentes.
La pureza ideológica de lo que fue alguna vez el chavismo desde sus raíces, un programa ideológico-económico basado en principios utopistas (y por definición irrealizables) de redistribución de la riqueza a base de un ferreo control sobre la economía derivado de una acción política encaminada a la defensa de lo que se llama Socialismo del siglo XXI.
Independientemente de lo que haya opinado de Hugo Chávez, e independientemente de mis filias y fobias en torno a los regímenes unipersonales y autoritarios, su muerte dejó una fractura dentro de la misma estructura creada por él (y en su mesianismo, diseñada para que dejara de funcionar sin su figura). Si bien, desde el año pasado se sabía de una división dentro del PSUV entre los defensores de las decisiones (erradas o acertadas) de Chávez, una de las cuales consistía en la fidelidad a Nicolás Maduro; y otra, la de los llamados boliburgueses (la burguesía que se creó a expensas del bolivarianismo), presentada por la derecha chavista en manos de Diosdado Cabello.
Aunque de eso ya no se supo, aparentemente por un acuerdo entre ambas partes bajo la lógica de que una confrontación sólo fortalecería a la oposición. Las recientes protestas que desde febrero han pasado a ser un dolor de cabeza para el gobierno, el cual tuvo que recurrir a medidas tan populares como desastrosas a corto, mediano y largo plazo que es la intervención de todos los comercios para obligarlos a dar determinado precio a sus productos, reduciendo el margen de ganancia de estos y, por lo tanto, de inversión y abastecimiento.
La situación crítica ha obligado al gobierno de Maduro a tomar algunas medidas que, dentro de los “puros” del partido, pueden ser tildadas de contrarrevolucionarias, en concordancia con aquella frase de Camile Desmoulins de que los jacobinos, cuando son ministros, dejan de ser ministros jacobinos.
He pasado algunos días revisando los llamados artículos de opinión en una página web identificada con el oficialism que es aporrea.org, le he dado especial interés  a este medio porque aglutina el lado más dogmático de proceso revolucionario venezolano  a la par que es también un lugar que está siendo utilizado como trinchera ideológica por parte de una oposición interna que ataca las políticas del gobierno por considerarlas contrarias al legado de Chávez, cayendo en la disyuntiva de criticar al delfín designado por el Comandante, lo que implicaría que criticar a Maduro también es criticar el juicio de Chávez al elegirlo como sucesor.
Los más críticos (“la izquierda trasnochada” como la llama el gobierno) acusan a Maduro de pactismo con la burguesía y de detener el avance de la revolución, Maduro revira y los acusa de deslealtad a él y por ende a Chávez. Por el otro  lado la oposición está en un dilema similar donde los más radicales (Leopoldo López y María Corina Machado) acusan a otros miembros de la MUD de pactar con el gobierno y el ala moderada (Capriles y Arreaza) les piden moderación y una via institucional al asunto. Venezuela está tomando el mismo cariz de Rusia donde la lealtad a Lenin era más importante que la acción misma. Sin embargo, Venezuela vive en un ambiente hostil donde la oposición no puede ser fácilmente callada (ese fue el logro político de Chávez, al darle voz a la oposición no podía ser llamado dictador ni nada parecido), sin embargo, es paulatino el desmoronamiento institucional de un estado donde los niveles de vida se están derrumbando, con un cuasi bloqueo comercial, desabastecimiento, violencia y, algo impensable para el “presidente obrero”: huelgas en las fábricas. Todo, obviamente, culpa de una ultraderecha golpista que busca la caída del gobierno del pueblo.
En el reciente congreso del PSUV, se llegó con muchas propuestas para salvar la revolución languideciente, pero se impuso la línea pragmática, algo bastante razonable de no ser porque precisamente es el antipragmátismo la línea activa que tuvo el chavismo.
Hace unos años, en Montevideo conviví con una venezolana que me decía reiterativamente que Chávez  es lo peor que le había  pasado a la izquierda latinoamericana, ya que la había convertido en una caricatura de un pensamiento necesario en una región llena de desigualdades. Convirtió a la izquierda no en una opción propositiva,  sino en una formación que solo atina a agitar fantasmas (aunque muchos de ellos hace no mucho fueron parte de dicha corte espectral).
No me atrevo a pensar que Maduro debería de caer, en mi psique la  idea de un golpe de Estado es inconcebible, por más decadente que sea este, pero a la vez Maduro es un peligro más grande que Chávez a la democracia, y quedarse sentados y dejar hacer tampoco es una opción (en otros tiempos, los moderados dejaron gobernar a Hitler y a Lenin argumentando que al dejarlos solos no iban a ser capaces de enfrentar la realidad y el pueblo los iba a obligar a dimitir...). La oposición al interior del gobierno venezolano, si bien es la radical, las posturas de Maduro de aferrarse al poder y acusar a decenas de chavistas disidentes de enemigos de la revolución está provocando una polarización más acentuada y abriendo más frentes al gobierno de los que puede sostener, sobre todo cuando es la disyuntiva de que escuchar a un bando es negar al otro y, sea cual sea la opción, acarreará consecuencias desastrosas.
Ironías de la vida  que mientras en México la izquierda reniega de los gasolinazos, en Venezuela se esté por tomar la decisión de una subida de combustible ante la desesperada y precaria situación que han provocado los subsidio a éste.
El resto es historia.

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