19 jun. 2013

El Padrino, Mario Puzo.

Hay una frase recurrente dentro del mundo del cine, y es que la película nunca supera al libro. Cuando vemos una peli basada en una obra tendemos a cuestionar los cambios en la trama—siempre y cuando hayamos leído el libro para darnos cuenta—aunque, para ser sincero, la mayoría de estos cambios están justificados por la sola razón de que la narrativa fílmica es bastante diferente a la novelesca. Para los que preferimos el relato escrito al visual ese puritanismo intentamos justificarlo bajo la premisa de que si decidieron adaptar un libro al cine es porque el libro es bueno, no hay necesidad de cambiarlo.
            Algunas veces la justificación, más que el tiempo, es por cuestiones de prensa, imagen o corrección política, por ejemplo, en La suma de todos los miedos de Tom Clancy, unos radicales islámicos roban una bomba nuclear que hacen estallar en Denver. En la versión fílmica, además de hacer a Jack Ryan más joven—eso es justificable debido a que ahora fue interpretado por Ben Affleck en lugar de Harrison Ford—quienes roban la bomba son neonazis porque ¿Quién no detesta a los nazis? Si de imagen hablamos, está Troya donde Patroclo se convierte en el “primo” de Aquiles y no en su amante sodomita—supongo que a Brad Pitt no le agradó la idea, tan natural en aquella época—. Así hay casos muchos, cientos, miles, pero hasta donde sé, existe uno que en opinión general—o por repetición de lo que dicen otros—se menciona “es igual o mejor que el libro”. Me refiero a El Padrino.

            Obviamente es una película que todos hemos visto, al igual que siempre hemos escuchado esa comparación con el libro, pero ¿Será cierto, cuántos hemos leído el libro para saber que es así? Como en la mayoría de “lo que comúnmente se sabe”, por lo general nos atenemos a la opinión establecida y la tomamos como un hecho indiscutible.  Eso pasa con este libro, la película es tan buena que difícilmente nos atrevemos a cuestionarla o nos romperían las piernas.
            Acabo de leer el libro, y realmente la decisión es algo difícil, primero que nada, y para dejarlo claro, lo que sí es un hecho es que es la mejor adaptación de un libro al cine—mejor que Naranja Mecánica—pero ¿Es mejor la peli que el libro? Yo difiero.
            Muchas veces cuando vemos una película hay cosas que quedan supeditadas para mejorar el relato o la narrativa visual, limitaciones que el autor de una novela no tiene en su cabeza por la total libertad de ser tan minucioso en la descripción como se le dé la gana. Una escena donde un personaje amonesta a otro y este segundo se queda callado, en una película se cambia de escena y ya, en el texto uno puede explicar porqué  de ese silencio, sobre si decidió permanecer callado o si supo que ya no tenía respuesta para dar. Esas cosas uno tiene que adivinarlas cuando está sometido a un promedio de  dos o tres horas de duración, y son precisamente ese tipo de detalles los que hacen que uno sienta mayor aprecio por la novela, debido a que las limitaciones del autor son las del mismo ingenio, el tiempo y la duración no tiene relación alguna.
            Hay ejemplos donde tal vez una novela mediocre tenga mejores resultados en pantalla—en el caso de la chica, Dexter es un muy buen ejemplo—pero también son tan contados que ni siquiera se toman en cuenta, ya que el productor que encuentra la obra dice “la premisa es buena, el argumento también, pero la forma de narrarlo es tan mala que voy a perfeccionarla”.
            Hablando de la novela, hay momentos que no aparecen en la película—y ahí es donde se derrumba el mito de la adaptación perfecta—por ejemplo, la trama de Johnny Fontane—el cantante—dura bastante más en comparación con la película que, si mal no recuerdo, su aparición termina con la escena de la cabeza de caballo en la cama del productor que no quería contratarlo, supuestamente todo lo que sigue es suprimido a petición de Sinatra para no verse tan “homenajeado” en la película. Además, hay momentos de la novela que se guardaron para la segunda parte, en este caso, toda la infancia de Vito, que abarca una gran parte, posiblemente para no confundir tanto el relato.
            Para terminar, un detalle, la novela no termina con la famosa escena de las puertas cerradas, curiosamente, lo que sigue ya son dos capítulos, uno donde Kay huye de Michael luego de reconocer que él mató a Carlo y Hagen va a convencerla de volver—este es un momento importante porque Hagen, para convencerla, viola la Omertà y la hace conocedora de las razones de cada muerte—“Si le cuentas a Michael lo que acabo de decirte, soy hombre muerto.”—, no recuerdo si esto aparece en la segunda parte, y después, la novela cierra con Kay, recién convertida al catolicismo, reza por el alma de Michael en la iglesia. Es un poco evidente de por qué Coppola decidió cerrar la película unas páginas antes.
            En definitiva, es un libro que si se lo encuentran, no digan “ya vi la película y dicen que son iguales”, porque una cosa es como la otra pero diferente, así de fácil. Como ejemplo, les dejo escenas clásicas de la película y la forma en la que son descritas en el libro, para que hagan sus comparaciones en la narrativa.




Había por allí varios hombres hablando de béisbol y discutiendo sobre si tal equipo era mejor o peor que tal otro. Lo de cada domingo. De pronto, los niños que jugaban en la calle subieron corriendo a la acera. Un coche que venía a toda velocidad se detuvo adelante de la pastelería, y fue tan brusco el frenazo que los neumáticos chirriaron. El conductor saltó del vehículo con tanta rapidez que todos quedaron paralizados. Era Sonny Corleone.
Su cara era la imagen misma de la cólera. No había pasado un segundo cuando ya tenía a Carlo Rizzi agarrado por el cuello. Trató de arrojarlo a la calzada, pero éste se aferró con toda la fuerza de sus musculosos brazos a la barandilla de hierro de la pequeña escalera que conducía a la entrada de la pastelería, tratando al mismo tiempo de ocultar su cara para protegerla de las manos de Sonny.
Lo que siguió fue tremendo. Sonny empezó a pegarle puñetazos mientras lo insultaba a voz en grito, y Carlo no ofreció resistencia alguna, pese a su fuerza física, ni dijo una sola palabra. Coach y Sally Rags no se atrevieron a intervenir. Estaban convencidos de que Sonny quería matar a su cuñado, y no deseaban compartir su suerte. Los niños seguían en la acera, a cierta distancia, disfrutando del espectáculo. Eran muchos, algunos de ellos bastante mayores, y estaban acostumbrados a pelear, pero no se atrevían a moverse. Llegó otro coche, ocupado por dos guardaespaldas de Sonny, quienes al ver lo que ocurría se quedaron quietos como todos los demás, aunque dispuestos a intervenir en el caso de que algún inconsciente se decidiera a ayudar a Carlo.
Lo más penoso de todo era la absoluta sumisión de Carlo, si bien ésta quizá le salvó la vida. Seguía aferrado a la barandilla y sin devolver un solo golpe, a pesar de que era casi tan fuerte como su cuñado. En un momento dado Sonny pareció calmarse un poco. Jadeaba, al borde del agotamiento, y le dolían las manos de tanto golpear. Entonces, dirigiéndose al maltrecho Carlo, dijo:
 – Y ahora escúchame, maldito cabrón: si vuelves a pegar a mi hermana, te mataré. ¿Lo has oído?



La carretera estaba mal iluminada. No se veía un solo coche. A lo lejos divisó la caseta del peaje. Había otras, pero sólo funcionaban de día, cuando el tráfico era intenso. Sonny redujo la velocidad y buscó calderilla en el bolsillo. Como no tenía, sacó la cartera y con una sola mano separó un billete. Al acercarse a la caseta iluminada, Sonny quedó sorprendido al comprobar que un coche bloqueaba la carretera. El conductor debía de estar preguntando alguna dirección al encargado de cobrar el peaje, pensó. Hizo sonar el claxon y el otro coche se apartó, por lo que el Buick pudo colocarse delante del cobrador.
Sonny alargó un dólar y esperó el cambio. Tenía prisa y por ello, a pesar de que el frío de la noche era intenso, no quiso cerrar la ventanilla. Pero el cobrador parecía muy torpe; al muy imbécil se le había caído el cambio al suelo. El hombre se agachó para recoger las monedas, y desapareció de la vista.
Entonces Sonny se dio cuenta de que el otro automóvil no había seguido su camino, sino que estaba a pocos metros de distancia, bloqueando nuevamente la carretera. En la caseta de peaje había otro hombre. Del vehículo se apearon dos individuos. El cobrador aún seguía agachado... De pronto, Santino Corleone comprendió que había llegado su hora. Se sintió completamente lúcido, libre de toda violencia, como si el miedo oculto, finalmente real y presente, lo hubiera purificado.
Sonny se lanzó contra la puerta del Buick, rompiendo la cerradura. El hombre que estaba en la caseta abrió mego... alcanzando en la cabeza a Sonny, que cayó al suelo. Los dos individuos que se habían apeado del coche sacaron sus armas y dispararon contra el cuerpo que yacía en el asfalto. Luego le golpearon salvajemente el rostro para desfigurarle todavía más, como si quisieran dejar la huella de un poder humano más personal.


Fue a la cocina a buscar hielo. Desde allí oyó abrirse la puerta, y al salir vio a Clemenza, Neri y Rocco Lampone, acompañados de los guardaespaldas. Su marido estaba casi de espaldas a ella, pero Kay se movió un poco, lo justo para verlo de perfil. Entonces, Clemenza se dirigió a Michael llamándole Don.

            Kay vio que Michael recibía el homenaje de aquellos hombres. Y se acordó de las estatuas de los emperadores romanos, quienes, por derecho divino, eran dueños de la vida y de la muerte de sus súbditos. Tenía una mano en la cadera. El perfil de su cara hablaba de un poder frío y orgulloso, y su cuerpo descansaba sobre uno de sus pies, que quedaba un poco más atrás que el otro. Los caporegimi estaban de pie frente a él. En ese momento, Kay comprendió que todo lo que Connie le había dicho era cierto. Regresó nuevamente a la cocina, y una vez allí, se echó a llorar.