17 jun. 2013

El Tercer Reich, Michael Burlegh

Acabo de leer por tercera vez El Tercer Reich de Michael Burleigh, un libro de 1400 páginas de pura acción, emoción y romance (no hay nada de esos tres).

            Por lo general, cuando nos acercamos  a una obra sobre la Alemania Nazi siempre nos dejamos llevar por ciertas generalizaciones que intentan responder a un cuestionamiento bastante natural ¿Cómo es que una nación tan civilizada como la alemana se dejó seducir por un cumulo de promesas baratas y semi religiosas de Hitler?
            No es que sea una pregunta descabellada, y en base a ella se entiende que la literatura histórica sobre el tema por lo general limita el debate a responder a esa pregunta, dejando de lado un cuestionamiento que pocos  se plantean: ¿Fueron todos los alemanes? Todos llegamos a pensar que porque un gobierno esté en el gobierno intrínsecamente el pueblo está con él, esto no se sostiene, mucho menos cuando el gobierno es un régimen totalitario donde no está muy bien vista la crítica.
            Cuando uno lee un libro sobre el nazismo siempre se encuentra los tópicos tradicionales que crean una línea directa entre el ascenso de Hitler al poder y el Holocausto, además, se suele limitar la historia a sus responsables, es decir, pareciera que hablar del nazismo se reduce a biografías de Hitler, Himmler, Goering, Goebbels, Eichmann o Hess y reduciéndolo a las concentraciones del Partido y los campos de concentración. De alguna forma este enfoque se puede llegar a entender como un esfuerzo de exculpar a la población civil bajo el argumento de que al ser un régimen totalitario, ellos simplemente se sometieron a la fuerza de las SS y la Gestapo sin compartir la política racial de Hitler. Esta es una historia que se centra en la sociedad alemana y sus matices que no siempre son resaltados por, lo que podríamos llamar “historiografía liberal”, no por su corte ideológico, sino por su manejo de las fuentes cuyo único fin, como la liberal, es la demonización del enemigo y la justificación de los actos de los vencedores.
Primero que nada, es un libro exculpatorio, básicamente es una especie de especificación sobre el papel de la totalidad alemana durante el régimen nazi y cómo no todos los alemanes se sintieron particularmente afectos a Hitler y cómo algunos lo eligieron basándose en premisas equivocadas.
            En este caso hay algunas aclaraciones sobre ciertos sucesos puntuales, y este es uno de los puntos fuertes del texto, ya que hace caso omiso de tratar asuntos que han sido explicados hasta el hartazgo, básicamente es un libro diseñado para aquellos que tienen las nociones básicas del nazismo y su historia, dejándolas de lado y centrándose en asuntos de mayor importancia, por ejemplo, no menciona la fusión de la presidencia y la cancillería a la muerte de Hinderburg, tal vez porque dado el escenario político alemán, fue un hecho intrascendente solo para dar validez jurídica a una autoridad suprema de facto.
            Lo que si resalta es su asenso a canciller y porqué, dadas sus credenciales autócratas, se le permitió acceder al gobierno. El autor maneja que fue una mala decisión de aquellos que sentían antipatía hacia él, principalmente Von Pape, Canciller de Hindemburg. La idea de éste era dejar que Hitler se destruyera a sí mismo; era tanta su desconfianza hacia el nazismo y su programa carente de contenido que pensaba que al dejar gobernar a Hitler este se derrumbaría abrumado por la tarea de gobernar y con él el nazismo como opción política. Es decir, Hitler accedió a la Cancillería porque quienes lo ayudaron a llegar esperaban que fuera un inepto. Esto en gran parte se debió a una propaganda nazi que hacía eco en la violencia comunista. Hitler se abstuvo de hacer alusión a algo tan caro a los alemanes como la desaparición de la propiedad privada. Las clases medias, temerosas de que los comunistas accedieran al poder y siguieran un programa dictado desde Moscú, desencantadas de los socialdemócratas (defenestrados por comunistas y nazis como los autores de todos los males debido a que eran el grupo en el gobierno), decidieron optar por la alternativa radical que hacía énfasis en la nación alemana creyendo que el discurso antisemita se iría matizando conforme pase el tiempo.
            Como vemos, el autor plantea que el triunfo del nazismo fue de la misma forma de la que muchos regímenes autoritarios se implantan por la vía democrática. Simplemente la población los cree menos de lo que son capaces de hacer.
            Culpar a los alemanes tampoco es gratuito, responde a una cierta necesidad de generalizar las cosas, si solo son ellos, todos los demás están moralmente justificados ante la historia. No hay que olvidar que la democracia representativa era un valor en decadencia en esos tiempos. Los movimientos paramilitares y las ideas autoritarias, eugenésicas y raciales no eran patrimonio germano. El antisemitismo de la revolución rusa fue tan sanguinaria como el alemán (eso si se entiende que el antisemitismo practicado por los nazis fue una herencia de la Rusia zarista), abundaban los movimientos de carácter nazi o fascista en cada país, con sus características regionales, pero siempre alineado en una forma general de interpretar una Europa para los europeos.
            También hay un detalle que retoma con cierto interés, y es el hecho de las atrocidades cometidas hacia los judíos, para lo cual lanza una especie de crítica hacia la historiografía alemana para hacer referencia de cómo esta relativiza la brutalidad del colaboracionismo de los países del Este argumentando cierta autocensura de los alemanes a la hora de hablar del antisemitismo húngaro, rumano o lituano—es decir, la brutalidad con la que trataron a los judíos—bajo la premisa de que tienden a pensar que resaltar esos aspectos podría ser interpretado en otras partes como un intento de restarle culpabilidad a los propios alemanes, algo políticamente incorrecto.

            Obviamente el texto no está exento de críticas, a principal es el confesionalismo del autor, Burleigh es católico confeso, lo que tiene un fuerte papel en cierto manejo parcial del papel de la Iglesia Católica durante la guerra y el régimen nazi, básicamente los disculpa de cualquier acción, la Iglesia Católica, según el autor, se mostró prudentemente desconfiada del neopaganismo de Hitler—lo que es cierto—pero también veló por la seguridad de los católicos alemanes negociando un trato especial como el que realizó con Mussolini. No es caer en la fraseología anticlerical de la historiografía marxista donde la Iglesia se le entregó al nazismo, pero una cuota de responsabilidad sí tenían—debido a que compartían el antisemitismo y el anticomunismo—. El autor, para cubrir el aspecto de la religión cristiana con el nazismo, tiende a inclinar la balanza de la responsabilidad en las iglesias protestantes, a las que trata como alineadas con el nazismo desde un comienzo al presentarse a sí mismos como “cristianos alemanes”.
            Otro punto a criticar, el cual va ligado al anterior, es su conservadurismo en veces demasiado parcial a la hora de hacer referencia a las izquierdas—ya sean estas moderadas, socialdemócratas o comunistas—relativizando todas sus posturas como paparruchas o chapuceras, es decir, en cierta forma justifica la decisión de los alemanes por los nazis en las urnas “resaltando” lo vacio y falso que resultaban las propuestas de izquierda.
            En resumidas cuentas es, pese a los errores antes mencionados, lo que llamaría una “Historia Total” del Tercer Reich, la mejor que conozco hasta la fecha.

            P.D. existe una “versión” reducida, o casi. Hay un dos libros considerablemente más pequeños llamados Poder Terrenal y Causas Sagradas, ambos con subtitulo “Religión y Política en Europa”. No habla de la relación entre Fe y Estado, sino del Estado como Fe, es decir, de las religiones políticas. El primer libro comienza en 1789—absurdo explicar por qué—y termina en 1914; el segundo va desde 1914 al 2003, en ese tomo, obviamente, cuando habla del nazismo hacer una descripción rápida de lo que es, siendo así un resumen bastante decente de la obra total. Solo por si les pesa leer nazis durante varios días.