24 oct. 2009

Margen de Horror

Joel Rosemberg
180.com.uy

Impresiona ver la importancia que tienen las encuestas en la campaña política. Los candidatos bailan al ritmo de los números y lo hacen sin cadencia alguna; deciden cambiar de estrategia de manera previsible. La respuesta que tienen a la intención de voto es más preocupante que los errores que cometen: los dislates son involuntarios, la reacción a la encuesta es premeditada.

“Me parece que es mucho más continuación de un estilo de gobernar el Partido Nacional (PN) que el candidato del Frente Amplio (FA)”, dijo Julia Pou en canal 10 el sábado 10 de octubre. Por si no queda claro: Pou dijo que su esposo, Luis Alberto Lacalle, es la continuidad de Vázquez. La afirmación de Pou (que repitió una idea que ya había esbozado Lacalle) tiene un sólo fundamento: Vázquez tiene más del 60% de aprobación en las encuestas que contrata Presidencia de la República. Y eso da miedo, nadie se le quiere enfrentar.

Lo de Pou fue sólo un dato más de reacciones torpes ante números duros.

Desde que terminaron las internas, todos jugaron a lo mismo. José Mujica fue el primero, empezó a golpear a Lacalle y cuando vio que rendía en términos de encuesta redobló la apuesta. A ese juego del candidato del FA se sumó – de forma burda- la estrategia del gobierno.

Lacalle aguantó un par de meses. “Esta fuerza política demuestra lo positivo de sus propuestas y la sonrisa ante el ataque y el agravio”, señaló el 29 de agosto, en el Teatro de Verano. Hasta ahí llegó la sonrisa. Bastó que las encuestas le dieran un descenso para que en setiembre la actitud cambiara. Lacalle salió a golpear con el pasado guerrillero de Mujica y pidió a sus dirigentes que lo acompañaran. La táctica no funcionó en números. No es fácil saber si no rindió por los errores del candidato o porque la gente no quería escuchar más del pasado de los tupamaros. Pero sí se sabe que Lacalle volvió a cambiar de estrategia y habló, otra vez, de propuestas.

Pero la actitud más esquizofrénica con las encuestas la tiene el Partido Colorado (PC). Pedro Bordaberry, candidato a presidente, sugirió en agosto que las encuestas de Equipos, que le daban alrededor del 8% de intención de voto, están arregladas porque esa empresa tiene un contrato con Presidencia. “El que paga pone la música”, dijo el 2 de setiembre a Canal 12. El 21 de octubre Bordaberry fue entrevistado en canal 10, cinco minutos después de que la empresa Equipos diera sus proyección final. El periodista le preguntó qué le parecían los números de las encuestas que le daban el 15%. El candidato colorado dijo que las encuestas “marcan tendencias”. Ni rastro de sospecha. Clarito: si le dan mal, son corruptos; si le dan bien, marcan tendencias.

Quizá el capítulo más rídiculo se dio con los indecisos. A fines de setiembre varias empresas señalaron que el porcentaje de indecisos era muy alto (entre 9 y 12%). La mayoría de los analistas eligió como explicación de ese aumento los continuos errores de Lacalle y Mujica. Pero lo mejor no fue la causa, sino la consecuencia: verlos a todos salir corriendo tras los indecisos. En cada acto se los empezó a nombrar. Lo más raro fue lo de Mujica, que primero los trató de disconformes y les pidió “que no sean giles” y después les dijo que tiren el voto al mar. Lo más obvio se dio en la propaganda televisiva. El famoso coloradito de las publicidades del Partido Colorado llamó a la “familia indecisos” por teléfono, Larrañaga les habló en primer plano y los tuteó, Pablo Mieres les dijo que él también fue indeciso y por eso creó el Partido Independiente.

¿Cómo se llega a la conclusión de que el indeciso es un tipo desnorteado que necesita que le hablen como un tonto? ¿Cómo se puede reaccionar de forma tan lineal?

No está mal que haya encuestas. Tampoco importa si aciertan más o menos el resultado final. Esa es otra discusión.

El punto es que los candidatos deberían jugar sus cartas aún perdiendo intención de voto. Sería bueno que nos tratarán como seres pensantes y no como números. Podrían procurar convencer de lo que están convencidos, seguir adelante con una estrategia en la que creen.

Porque no genera ninguna confianza verlos jugar una carrera de caballos mientras niegan que son apostadores compulsivos.

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