24 sept. 2010

Adiós a 'Kimlandia'

David Jiménez Enviado especial de elmundo.es

 

Escolares frente a una estatua de Kim Jong Il. | David JiménezEscolares frente a una estatua de Kim Jong Il. | David Jiménez
Los guías del Gobierno siguiéndote allí donde vas; ese regreso a la infancia al que te someten al decirte en todo momento qué debes hacer, cuándo y cómo; su pretensión de que veneres a un líder al que desprecias por someter a su pueblo a una represión atroz; las constantes visitas a los monumentos de una revolución que agoniza en medio de hambrunas, detenciones a medianoche y el desvarío totalitario de sus líderes...
Abandonar Corea del Norte debe ser lo más parecido a lo que siente un preso que ha cumplido su condena y ve la celda abrirse ante tus ojos. Te dices "¡Al fin!" cuando has ocupado tu asiento en el viejo Tupolev que pronto te librará de esta locura megalómana y surrealista. O quizá no tan pronto.
La azafata de Air Koryo ha puesto en marcha el vídeo para recordar las medidas de seguridad durante el vuelo y una voz 'en off' empieza a repetir loas al líder norcoreano Kim Jong Il mientras marchas militares en la pantalla te recuerdan que nada ha sido un sueño. Ni los altavoces despertando a la población con lemas revolucionarios, ni los norcoreanos postrándose a todas horas ante gigantescas estatuas de sus líderes, ni los niños siendo adoctrinados en las escuelas...

Una condena de por vida

Y sientes la tentación de ponerte el chaleco salvavidas y arrojarte por la puerta de emergencia. Y te preguntas cómo es posible que un país haya llegado a esto. Y recuerdas con una sonrisa los defectos de la España que ya no va tan bien o la mediocridad de sus políticos, aliviado aunque sólo sea por comparación. Y piensas en los que se quedan, porque lo que para ti no ha sido más que una excursión por 'Kimlandia', el parque temático del totalitarismo, para los norcoreanos es una condena de por vida.
En mis últimas 24 horas en el país del Gran Líder Kim Il Sung y el Querido Líder Kim Jong Il he tenido la oportunidad de acercarme a ciudadanos de a pie como no había podido hacerlo en mi anterior viaje en 2002 o en los primeros días de esta visita. Llovía sobre Pyongyang cuando empecé a caminar por el parque Moranbong y me encontré con un grupo de personas bailando alrededor de una señora que cantaba canciones tradicionales coreanas a pelo.
Antes de que los guías del Gobierno pudieran impedirlo, la muchedumbre me rodeó y me llevó en volandas por el parque, integrándome en sus coros y danzas. Me ofrecieron lo que tenían de comer y beber, intentamos a duras penas comunicarnos y una señora que chapurreaba inglés me dijo que amaba a los jugadores de fútbol españoles. "¿Por qué juegan tan bien?", preguntó. "Porque España es un país moderno. Aquí...", empezó a responderse antes de que advirtiera la presencia de los observadores de este Gran Hermano que es Corea del Norte, que pusieron rápidamente fin al encuentro.

Dudas sin respuesta

Y te preguntas cómo es posible que el mismo régimen que exhibe orgulloso las estatuas y monumentos de sus déspotas haga lo imposible por impedir que te acerques siquiera a su gente.
Y te admira ver que a pesar de todo, de la brutal represión y de un lavado de cerebro que empieza desde la niñez y no tiene fin, de la propaganda asfixiante y del aislamiento total, los norcoreanos ansían conocer qué hay más allá de la frontera de barrotes y alambradas de espino que han levantado a su alrededor. Y te reconforta pensar que ninguna dictadura dura siempre, porque nada hay más antinatural para el hombre que la falta de libertad.
Y piensas lo mucho que te gustaría tener delante al 'Querido Líder' para recordarle que ese pueblo al que mantiene en un puño perderá un día el miedo y se liberará de su insoportable yugo. Y esperas que ambos, tú y él, pero sobre todo él, estéis aquí para vivir ese día, cuando 'Kimlandia' se convierta al fin en una pesadilla del pasado.

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