5 ago. 2010

El corazón de las tinieblas: bienvenidos a la muerte



Hace un par de semanas, un par de meses, un par de años, que camino en círculos alrededor de este capítulo. Siempre pensé que ninguna muerte es justa, pero recién ahora he comenzado a sentirlo. Escuché a alguien, alguna vez, diciéndome que después de matar no le había pasado nada. Nada. Y ahí anidaba su angustia: en el hecho de que fuera posible enfrentar al Destino sin ninguna consecuencia posterior. El paso de la Muerte no deja marcas en el rostro, ni tajos en la mirada, ni en el alma. El corazón de las tinieblas es tan oscuro que late bajo una caparazón de eufemismos: asesinar es "ajusticiar", robar es "recuperar" o "expropiar", torturar es "confesar", muerto es "desaparecido", secuestrado es "adoptado", emboscada es "enfrentamiento", excursión de un militante de la clase media por las fábricas y los barrios de la clase obrera es "proletarización", represión sexual es "moral revolucionaria", acomodar la realidad a la teoría es "hombre nuevo", explotación y entrega es "cultura occidental" y pseudodemocracias son "nuestra forma de vida". La mayor parte de las palabras fueron cambiadas: era la única forma de soportar el hedor de este cementerio de tumbas abiertas.
Unos y otros sueñan, pero no porque juegan con la imaginación, sino porque el calor del odio no los deja dormir. El odio está pegado en las sábanas y los cuerpos dan vueltas en la cama: en la vigilia de ojos abiertos todos tienen razón. No importan los medios: todos se sentirán justificados por el fin. Hay quienes dicen que hubo también poesía, y alegría, y ternura, y sacrificada entrega, y es posible. No proponemos contar aquí cuántos demonios hubo; la Tierra está repleta de ángeles caídos. Sí sabemos que disipado el humo, que seco el odio como se seca el sudor, lo único que quedaba fueron muertos. Muertos atravesados por signos de pregunta.