19 abr. 2010

5: Bipolar


Daniel tocó la puerta como quién no quiere, interesando más en descifrar las posibles reacciones de sus compañeros que de hacer acto presente por sí mismo; le interesaba lo que pudieran pensar no por considerar “valiosa” su aportación, sino por el placer cínico y malicioso de conocer sus psiques y tener mejores herramientas para poder juzgar sus formas de pensar desde un punto de vista perfectamente científico.


Se acercó a la puerta y tocó el timbre, siempre con la fugaz esperanza de que haya en el interior de la casa de Héctor alguien más que él, no sabía, pero algo en él siempre le había desagradado, estaba seguro que el sentimiento era reciproco, pero cierto aspecto de su naturaleza le impedía exteriorizarlo, tal vez porque pese al desprecio y en veces odio que pudiera tener hacia él o sus idas, seguía siendo su amigo; él lo sabía y sabía que Héctor lo sabía, porque su amistad se basaba no en el afecto y la confianza, sino en una maliciosa prueba que se tenían los dos para demostrarse hasta que punto cada uno puede llegar a ser más tolerante que el otro. En eso se basaba su inquebrantable amistad, en saber cuál de los dos se quebraba antes que el otro. Interesante forma de ver a su “amigo” pero era la única de verlo.


            Cuando Héctor abrió la puerta lo saludó con esa sonrisa de quien tiene una espada detrás esperando un descuido de su adversario; siempre había sido así, desde pequeño sabía que confiar excesivamente en los demás era como condenar la propia suerte de uno al dejarla a la merced de personas que en la mayoría de los casos carecían del idealismo necesario. La confianza se ganaba, y como toda ganancia, se gastaba a menos que se volviera a llenar el arca de la confianza, así como las leyes de mercado, había acciones que valían más confianza que otras, así que era un bien que, siendo escaso, era necesario administrarlo de la mejor manera. En ese caso, la desconfianza suya no era más que una consecuencia de la mala administración de ese bien por parte de los que lo rodeaban.


            Una vez confió ciegamente, lo recuerda, estaba seguro que no era su culpa, sabía que en este mundo la única cosa que se comparte con el 100 por ciento de la  humanidad es que todos alguna vez se han enamorado y confiado ciegamente en alguna persona que hayan amado. A él le pasó eso y por eso no se siente culpable de haber sido traicionado, al contrario, consideraba que de no haber pasado algo así, sería imposible formarse un pensamiento critico acerca de la verdadera naturaleza humana, egoísta y ambiciosa, lo suficientemente apática y necia como para aceptar muchas veces el cruel destino al que estaba sometido; la filosofía política era como el amor, primero nacía de uno y era su misión contagiar a quién consideraba su objetivo para que tenga validez, solo que en la filosofía política, esta debería estar enamorada del pueblo e intentar seducirlo para que el pueblo se sienta atraída hacia ella.


            Entró y tomó una cerveza, uno de los placeres y lujos con los que contaban los amigos de confianza de Héctor, el privilegio de tomar lo que quisieran de su refrigerador; mecánicamente se sentó frente a él tratando de adivinar en qué ha estado pensando su amigo los últimos dos días.


            --¿tuviste alguna revelación o planeaste algo?—preguntó casi acusatoriamente.


            --no te preocupes, no será nada que no esperes y te aseguro que no será compatible con lo que hayas ideado—le respondió Héctor.


            Nada, eso era todo lo que necesitaba escuchar de él, saber la confirmación de lo obvio, si no le simpatizaba era precisamente por eso, pero si algo le agradaba en él, era precisamente eso, su predisposición natural a defender las causas perdidas y las ideas incorrectas con tal convicción que era imposible sentir animadversión ante alguien que no solo defendía algo con su misma convicción, sino que era a veces un honor debatir con alguien los suficientemente inteligente como para aplicar tal cantidad de sofismas sin caer en contradicciones. Quiero pensar que tuviste en mente lo que pudiera llegar a responderte, le dijo casi mecánicamente, como si no deseara siquiera escuchar una respuesta que desde antes de formular la pregunta ya existía.


            --no, no pensé en eso, no me gusta pensar en la replica cuando soy el que comienza el argumento.


            --pero tú no lo comenzaste en este caso, fui yo.


            --tú inventaste el juego y aplicaste las reglas, no comenzaste la argumentación, nos dejaste a todos elegir las piezas blancas, así que perdiste el privilegio del primer golpe.


            Tenía razón, no pensó en eso, ahora le dejó a todos la oportunidad de replicar su idea porque él no la estableció con anterioridad. Daba igual, no tenía la necesidad de argumentar cuando sabía que tenía razón, solo sería necesario dejar que los demás hablen y después él explicaría sus motivos. Estaba acostumbrado a los argumentos que darían los demás, Daniela opondría la moral cristiana y entraría en un dilema ético de por qué justificaría algo así, ella, junto con Héctor, era la siguiente en antipatía, la típica catoliquilla que solo sabe pensar en lo que le dice el cura y un poco más. La religión, como decía Lenin o Marx, ya no recuerda, es el opio de los pueblos, y tenía razón, sin religión el mundo sería mejor, habría por lo menos justicia social y la élite no tendría ningún sustento ideológico para defender su postura. Julián sería indiferente, solo se limitaría a decir por qué fracasaría y por qué sería divertido de todas formas ver fracasar algo así; Carla, aun no sabía, ella era casi como ella pero tenía esa pizca de feminismo que le parecía irritante en más de una ocasión; no era machista, pero consideraba que había momentos en los que los roles de género no fueron impuestos por el hombre, sino que fueron fruto de un consenso social e histórico entre mujeres y varones; pensó que si ella tenía una idea, sería la de una república en la que sin cabeza evidente (algo que rápidamente asociaría al falo), sería la mujer la que encabezaría el movimiento social de reclamo histórico; Carlos, pues, ya conocía a Carlos, adiestrado en sus juegos y la computadora, imaginará todo un despliegue espectacular que cimbraría el mundo entero como si una muerte en México no solo cambiara al país, sino que provocaría la Tercera Guerra Mundial, así era él y siempre era divertido escuchar sus delirios.


            Héctor, regresó a él, incluso había olvidado que lo tenía en frente desde hace más de 10 minutos sin que ninguno dijera nada gracias a la televisión. Sabia que él defendería a  la derecha, estaba seguro que Héctor es del tipo que le gusta hablar de la pobreza desde un gran pedestal y comiendo en restaurantes dónde el agua cuesta el salario de una semana de un jornalero. No, a él no le importaba eso y Daniel lo sabía, él buscaba una vida de Burgués, de “intelectual de izquierda” que convoca a la revolución latinoamericana desde un lujoso apartamento en París o un piso en Nueva York, porque “su lucha” como la llamaría, sería desde las letras, no como activista social y eso irritaba a Daniel, le irritaban esos niños pijos que querían subirse al barco de la lucha social y regresar lleno de laureles como ideólogo para caminar en los huesos y la sangre de los que en verdad se quedaron a luchar por un mundo mejor. No, Héctor no haría nada más que defender al fascista del presidente, y eso no lo podría tolerar.


            Terminó la cerveza y se quedó mirándolo, esperando que dijera algo pero Héctor estaba absorto en un infomercial de Prostamax tratando de encontrar un patrón, al parecer lo había encontrado, cuando el “doctor” que anuncia el producto en esa grabación que se esfuerzan en decir que es “en vivo” (aunque la haya visto ya varias veces) se para, lo hace con una bata blanca de doctor (la imagen ante todo) y cuándo está sentado está vestido normal, como si solo parado tuviera la legitimidad de la ciencia médica.


            Daniel desistió de decir algo, solo se quedó mirando el infomercial pensando en cómo, si fuera el momento, mataría a Héctor por el simple placer de matar a una persona que no merece vivir.


            En eso sonó el timbre, eran Daniela y Julián.

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