20 abr. 2010

6: Bipolar


Julián y Daniela tocaron a la puerta, escucharon el ruido de la televisión al interior, así que no tuvieron necesidad de volver a tocar y simplemente abrieron la puerta. Los encontraron mirando la televisión, uno de esos infomerciales que generaban morbo en Héctor, saludaron con un gesto de cara, Daniela se sentó y Julián fue directo hacia el refrigerador por una cerveza, se ofreció una a Daniela pero esta prefirió una coca cola, siempre prefiere la coca cola, piensa Julián, es raro, esta mujer cree que una coca cola es menos dañina que una cerveza; le pasó el refresco y se sentó junto a Daniel esperando terminar el infomercial, parece que ahora están en la etapa de las “llamadas en vivo”.
            --una de dos—dijo Héctor—o este infomercial está grabado, o estos tipos tienen tiempo suficiente como para estar siempre listos para grabar en horas de relleno y decir las mismas cosas.
            --yo creo—respondió Julián, que es en vivo y tiene muchos actores genéticamente modificados para parecer los mismos, eso es lo más lógico.
            Rieron y esperaron que terminara el infomercial. Daniela los miró, a veces, decía, le costaba demasiado entender los comentarios y chistes que hacían sus amigos, no es que se sintiera incomoda o excluida, de hecho ellos se esforzaban en integrarla a las conversaciones, pero ella pensaba que lo hacían más por diplomacia que por otra cosa, en fin, a pesar de todo se sentía cómoda estando con ellos, era divertido solamente quedarse a escucharlos sin decir nada, como mirar una sitcom, pero sin personajes entrañables.
            --¿En qué piensas Daniela? ¿Hiciste tu tarea?—pregunta sardónicamente Daniel
            --claro que la hice, pero no creo que te gusten mis conclusiones.
            Sabía que no le gustaría, a él no le gusta nada de lo que decía por más que se esforzara en que pareciera medianamente interesante como para despertar cierto agrado en él, era inútil esforzarse, pero seguía intentarlo, lo hacía porque aunque detestara que así fuera, lo quería y quería parecerle interesante, que él sintiera que junto a ella sería lo suficientemente agradable como para no pensar en otras cosas; esa era su definición de la felicidad, felicidad construida en base a las relaciones que lleguemos a tener con los demás, no esa filosofía del egoísmo del “no ocupas de los demás para ser feliz”, claro que eso se podía, pero no tenía sentido ser feliz si se estaba solo, si no se tenía a  nadie con quien compartir esa felicidad, Daniel pensaba así, y Daniela no podía soportar eso.
            --¿Ah sí, y qué fue lo que pensaste?
            --preferiría guardármelo para cuando estemos todos, luego tendría que volver a repetirlo.
            --¿Y eso?—conesta Julián, a la mera te podemos ayudar, ya sabes, como  un simulacro antes de la exposición.
            Daniela sonríe, mejor no, dice con simpleza, hay que hacerla un poco de emoción.
            --Como quieras, me da igual—dice Daniel dirigiendo la vista hacia otro lado.
            Siempre le da igual, siempre le ha dado igual lo que ella pensara y tenía miedo de que siempre le diera igual sin poder cambiar su forma de pensar o influir en sus actos. Ella no tenía la culpa, así pensaba y le gustaba ver el mundo de esa forma, si él no creía en Dios allá él, pero tampoco estaba dispuesta a sacrificar la felicidad eterna por un momento de alegría terrenal. Era consciente de que si Daniel fuera como ella haría el mismo razonamiento. Nadie cambiaría la eternidad por un tiempo, aunque este fuera largo y dichoso. Si Daniel supiera cómo pensaba, tal vez sería más abierto y dispuesto a aceptar su relación… o la posibilidad de esta.
            Se imaginaba su relación como una historia casi novelesca o una tragedia teatral, una nueva versión de Romeo y Julieta ideológica, dónde un joven de izquierda, Bautista el perredista se enamora de Arista la Panista, una trágica historia dónde sus partidos y respectivas ideologías les impedían estar juntos hasta que haya un tráfico final, un desenlace en el que nadie gane, más que la intolerancia.
            “ya se hizo una vez, se llaman Alianzas entre partidos, fue noticia nacional durante algunas semanas y todavía es tema de debate” le dijo Julián una vez que le platicó su idea; bueno, era una consecuencia necesaria, nada es original en este mundo, las escrituras lo decían, no hay nada nuevo bajo el Sol, y no lo había y no lo habrá, no por pensar que entre Alfa y Omega Dios ya lo sabía todo, sino por ese viejo adagio que decía algo así como que no importara que tan original pueda ser tu idea, siempre ten la certeza de que a alguien ya se la ocurrió con anterioridad. Era obvio que a Daniel no se le había ocurrido por primera vez la idea de ese juego, ¿Cuántas personas no fantasearon con matar al presidente? Eso sin tener en cuenta los que lo lograron, los que pasaron de la fantasía a la acción. La canción de Radiohead o una novela de un autor español, no, no había nada nuevo bajo el Sol y por eso sabía que aunque las ideas que le dieran a Daniel (Dios sabe para qué está sondeando la posibilidad) serán solo fruto de las reflexiones de otras personas en otros tiempos y en otras circunstancias, unas más favorables que otras, pero a final de cuentas el mismo contexto y consecuencias, lo único que cambiaban eran algunos nombres y motivaciones, pero había cosas que nunca cambiaban y esas eran el odio, el amor, el resentimiento y la ambición, esas eran las tres causales de toda la filosofía humana y las motivaciones principales de cualquier acto que se realizara.
            Trató de concentrarse en las idea de por qué mataría al presidente, aunque era relativamente indiferente a él, tampoco le agradaba su forma de ser, pero pensaba que bien podría haber otras formas y métodos para influir en sus decisiones, tal vez una destitución y convocar otras elecciones, eso satisfacerla a realmente todos, si volvía a ganar la derecha, pues entonces, con lastima y todo, pero era la voz del pueblo la que se había manifestado. Si ganaba la izquierda, entonces Daniel tendría lo que deseaba por la vía pacifica y ya, listo, se logra lo que se buscaba sin hacer lujo de violencia. Pero no, pareciere que en este mundo todo lo que se quiere lograr es por medio de violencia, como si la gente gozara con ella y el cambio social y la justicia fueran solo pretextos; el evangelio decía en el Sermón de la Montaña que solo existía un mandamiento, amaos los unos a los otros como los he amado yo; ya, eso era todo, nada de política, solo amor, si todos usaran esa norma el mundo sería feliz. Mientras tanto, solo pasan el día pensando en cómo matarse los unos a los otros. Eso no iba con ella ni con nadie que se digne de amar al prójimo.
            Esa era la historia de la humanidad, un franca y decadente marcha de la locura hacia la autodestrucción.

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