22 abr. 2010

8; Jesus doesn't want me for a sunbeam


Don't expect me to cry for all the reasons you had to die.

The Vaselines, JESUS DOESN'T WANT ME FOR A SUNBEAM


Sonó el despertador, Carlos se levantó y lo apagó, regresó a la cama y siguió durmiendo, cinco minutos después volvió a encenderse y no tuvo más remedio que volver a levantarse y apagarlo, regresó a dormir y otros cinco minutos después la rutina se repitió, esta vez fue definitivo, apagó el despertador y fue directo al baño para realizar los ejercicios fisiológicamente rutinarios, esos pequeños detalles que nos mantienen unidos a reyes y gobernantes, sonrió imaginando a Napoleón en la campaña en Rusia saludando a su Estado Mayor con un saludo de cara mientras se dirigía a echar una meada antes seguir reinando sobre veinte millones de almas. Sí, era placentero poder mear igual que mean los amos del mundo.
            Salió del baño y se puso la misma ropa que el día de ayer, aunque eran las 5 de la tarde se había acostado recién a las diez de la mañana, no vuelvo a tomar como ayer ¿o como hoy?, se dijo mientras trataba de desayunar algo, sabía que era una declaración rutinaria, casi mecánica; prometer lo mismo cada que rompía la promesa era una forma de mantener el orden cósmico sin tener miedo a las intermitencias de la voluntad.
            Miró el celular y vio que había un mensaje de Daniel, parecía que hoy habían quedado de verse para compartir respuestas, no tenía el menor deseo tanto de asistir como de pensar en una respuesta, no es que no le importara el ejercicio mental, sino que le aburría el esfuerzo de tener que salir de su casa en la siguiente hora; no, era imperante tomarse mínimo una hora o dos para poder salir de casa sin sufrir una decaída o un desmayo en el transcurso de treinta minutos que tarda el recorrido.
            Cuando terminó el desayuno, le gustaba entrecomillar esas palabras cuando eran lo que son en el momento que no son, como desayunar a las cinco de la tarde, abrió el refrigerador y sacó una lata de cerveza, el tradicional sobreviviente de una juerga, uno sabía que había bebido mucho la noche anterior no solo por la cruda, sino cuando éste se da cuenta que aún queda alcohol suficiente para seguir, no beberlo era, o ya no desear, o ya no estar en condiciones para poder moverse y consumir  más.
            Nada, terminó la cerveza y aún el cuerpo no reaccionaba lo suficientemente bien como para hacerle regresar los deseos de comenzar lo que restaba del día.
            --tal vez mirando un poco de televisión me inspire a no querer verla.
            Tomó el control y la encendíó, en la pantalla apareció Cars, miró no más de veinte segundos y cambió de canal rumbo a VH1 esperando que sea momento de esos realitys de gente nada famosa exintegrante de algo famoso convertida en gente medianamente famosa, todo gracias a la maquinaria televisiva echada andar por nosotros mismos que gozamos con esa clase de producciones. No tenía nada malo, era un placer culposo que era secreto a voces, a todos les gustaba ver eso, pero lo hacían con la misma discreción que la masturbación, se hacía en casa y en secreto sin que nadie se diera cuenta y cuando se te preguntaba lo negabas maliciosamente con la cara de quien sí lo hace con más frecuencia de lo admitido. Sí, debía ser eso, de todas formas no conocía a nadie que no hubiera visto Flavor of love, Charm School o I Love New York, esos programas eran los pilares de toda una serie de realitys con una formula preestablecida, juntar a un personaje grotesto o desagradable, darle una mansión y ponerle unas doce personas dispuestas a perder lo poco que les queda de dignidad ya sea por él o por simplemente ser su amigo, Charm School era diferente, porque su base inicial es precisamente explotrar la vulgaridad de dónde provinieron las “alumnas”, a Carlos le gustaba ese programa, no por la inteligencia del guión, no, no era eso, era porque todas las alumnas aparecían en uniforme de colegiala lo suficientemente poco sutil como para poder dejar volar la imangiación.
Su cabeza comenzó a volar y cuándo se dio cuenta tenía una erección obvia, casi desafiante.
--¡Mierda!
Se levantó y trató de llevar las ideas a otro lado, era demasiado tarde y demasiado temprano a la vez como para masturbarse, además, sea como sea, no tenía interés en dedicarle una a un programa de VH1, para ese tipo de actividades extracurriculares era más satisfactorio que la persona aludida fuera alguién de su entorno, le divertía el morbo de ver, saludar y platicar con una persona que, ya sea la noche anterior o por la mañana, había estado entre sus manos y hecho los actos más salvajes imaginados; claro, todo eso en su imaginación, pero era divertido, sabía que, a pesar de todo y de su condición con las mujeres, si contaba con su mano y su imaginación el mundo era suyo, ya que no existía femina capaz de escapar de ese influjo al que las atraía con el simple acto de invocarlas con la mente. Amigas, primas, vecinas, maestras, todo estaba en su poder y ellas no tenían forma de negarse.
Rió, la erección había bajado pero ahora estaba feliz, esa reflexión pareció gustarle y rapidamente buscó un libro o un cuaderno, algo en dónde escribir, se conocía, sabía que si en cinco minutos no escribía lo que se le ocurrió, a partir del sexto se parecerá imposible poder volver a hilar el razonamiento con la misma coherencia de cuando se le ocurrió.
Al primer minuto buscó en su cuarto y no encontró el cuaderno; al segundo minuto recordó que en la sala tenía uno, pero cuando fue por él se dio cuenta de que lo había puesto en otro lado, era el minuto tres y no tenía éxito, pensó en encender la computadora, pero eso significaba uno o dos minutos con los que no disponía.
Cuando comenzó el cuarto minuto fue a la cocina y tomó una servilleta y una pluma, antes que nada anotó:
No olvidar que siempre hay que cargar un cuaderno a todas partes
Guardó esa servilleta en su cartera y tomó otra, era el minuto cinco y la idea estaba desapareciendo, trató de volver a pensar en ese razonamiento pero se dio cuenta que ya no sonaría tan bien escrito, total, a la mera luego se me vuelve a ocurrir y ahora sí cargaré el cuaderno.
Era el minuto 6, la idea había desaparecido.